Aula de psicodrama

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miércoles, 15 de enero de 2014

La posición del hijo.

Por Alfonsi Huete. Psicóloga formada en gestalt. Psicoanalista y psicodramatista.

 

Ficha técnica:

Año 2013

Duración: 112 minutos

País: Rumanía

Director: Calim Peter Netzer

Curioso título que nos recuerda la ausencia de una posición propia. El triangulo edípico está aquí totalmente invadido por el deseo de la madre. Esta madre, que al no querer saberse,-sentirse en falta, seguirá dirigiéndose hacia el hijo, en aras de una satisfacción imposible de colmar, en tanto que estructural.

“Postura” se me aparece aquí como una mala imitación de la necesidad profunda de ese hijo de tener una “posición” propia en el triángulo edípico; una posición autónoma, que acepte la castración de no ser “el deseo de mamá”; para lograrlo es inevitable aceptar un duelo, solo así podrá pasarse de este lugar gozoso para el inconsciente y axfisiante para la vida adulta, a una aceptación de los propios límites y los ajenos, una aceptación de la Ley.

Esta película nos ofrece la posibilidad de observar, sentir, los principales elementos de ese pasaje tan fundamental para la estructura psíquica como es el Complejo de Edipo.Ciertamente que para ver esto necesitamos haber incorporado un esquema conceptual  que acaba proporcionándonos la capacidad de transcribir, traducir, lo sentido en palabras, esto es, simbolizarlo.

Como muestra de que distintas lecturas convocan distintas conclusiones, transcribo aquí una sinopsis encontrada en internet.www.sensacine.com/peliculas/pelicula216838, extraído el 15/01/2014:

 La relación entre Cornelia Keneres de 61 años y su hijo Barbu de 32, no es buena. Barbu odia el círculo social de sus padres, un grupo de políticos, hombres de negocios turbios y ex oficiales de la policía secreta. Cornelia tiene razones suficientes para estar molesta: su hijo, a quién ella había invertido su amor,paciencia y espera, ahora puede ver como su separación ha crecido irremediablemente".

Un acontecimiento inesperado, está volviendo todo al revés; Barbu está involucrado en un accidente de coche, y mata a un niño de trece años. Cornelia utiliza todos los medios que tiene a su alcance para salvaguardar a su hijo de la acusación por homicidio, pero Barbu proclama su independencia ingratamente acusando a su madre de que sus esfuerzos están haciendo más mal que bien. Pronto, se da cuenta de que no puede arreglárselas sin la ayuda de su madre. 

Sorprendentemente, Cornelia no logra convencer al único testigo que existe para que cambie su testimonio. Cara a cara con los padres de la víctima, Cornelia no puede llevar a cabo de forma explícita algo tan abstracto como la retirada de su denuncia.
Todo lo que ella puede hacer, con amor maternal y reverberaciones emocionales, es alabar con sinceridad y sin condiciones a Barbu, certificando que su hijo es ahora un niño bueno y que merece otra oportunidad en la vida.

La película es un proyecto de "clase alta" por hablar del tráfico de influencias y de la corrupción en algunas instituciones básicas de la sociedad y sus extensiones a todo el sistema socioeconómico de la Rumanía de hoy.
Se habla con emoción y con humor acerca de la relación tan asfixiante que existe entre una madre y su hijo adulto que es bastante dominador con ella.

 

Me parece que esta comprensión con los “amorosos y comprensibles sentimientos maternos” está, en nuestros días, un tanto desquiciada, esto es, fuera de quicio, sin marco…o quizá sea que el marco en que se enmarca esta afirmación a mí me hace temblar.

Si existe un modelo psíquico detrás de esta afirmación, así como de la enorme idealización de los sentimientos amorosos maternos, yo no conozco otro que el mito cristiano de la” virginidad y divinidad de María y su hijo, Jesucristo.

Un modelo de análisis de la psique que solo tenga en cuenta el amor materno hacia el hijo, sin incluir a un tercer elemento en el contexto, acaba por hacer desaparecer al hijo mismo, incluso diría, a la mujer que da soporte a la madre, devorados todos por el deseo insaciable, insatisfecho de esa función materna.

Otro asunto es quien es la persona responsable de que esta pulsión “amorosa” no tenga límites: ¿la madre?, ¿el hijo?, ¿el padre?

Ciertamente no tengo respuestas para esta pregunta fundamental, excepto la de proclamar que aquel que sufra de esta triada y empiece a preguntarse tiene la potencialidad de encontrar, si no respuestas, otras posiciones para que circule algún deseo más que el aplastante “amor de madre”. Deseos pequeños, cotidianos, propios en cualquier caso, que nos hacen madurar porque inevitablemente al jugarnos nuestro deseo en vez de quedarnos atrapados en el goce de ser el deseo del Otro, nos enfrentaremos a los límites de la realidad, único aprendizaje que nos servirá para encontrarnos con nosotros y con los iguales.

El hijo, ese que no encuentra su posición autónoma, queda reducido a una “postura” o “figura”, a un objeto para la madre. Incapaz de tomar las riendas de su propia vida, solo tiene energía para separarse físicamente del hogar familiar sin encontrar dentro de sí permiso para crear nada más allá de sí mismo, el objeto deseado y perseguido por mamá.

Uno no deja de preguntarse mientras ve la película, ¿dónde está- y estuvo- el padre?

El horror ante la situación que presenta la película, es el lugar desde donde se deja atrapar de nuevo el hijo, por esa madre de la que  cree estar alejándose, sin conciencia de que no hay solución sin un acto de salvación propio que resitúe su propio deseo en el centro de su vida.

El sentirse víctima, a pesar de que en algún momento fue una verdad, será una vuelta más del goce que implica esta “Postura del hijo”, abriendo y reabriendo continuamente las mismas heridas.

Quizá se vislumbra una salida cuando, con enormes dificultad, decide acercarse a ese padre dolorido por la pérdida de su hijo que no se dejará chantajear por la madre del responsable del accidente, pero sí se acerca al autor real del mismo.

Os invito a ver esta estupenda película y a hacer vuestra propia lectura

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Psicodrama y verdad... ¿Qué verdad?

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.

El psicodrama y los métodos asociados a él son instrumentos psicosociales de vastas aplicaciones. Como el poderoso instrumento que es, constituye algo más que un tipo de psicoterapia cuyos principios son aplicables a la educación, a la empresa, al desarrollo comunitario y, por supuesto, a la intervención social. 
Se trata de un método que permite explorar los problemas psicológicos y sociales partiendo de la narración y la representación de escenas de la vida de los sujetos donde se condensan los conflictos y las dificultades que vive. Puede verse como un laboratorio dedicado a la exploración de los problemas psicosociales que aquejan a las personas; dicha exploración permite la aparición de nuevas miradas sobre los mismos hechos y por lo tanto, la posibilidad de nuevos posicionamientos en la realidad cotidiana de las personas. 
A través del juego y la representación, el sujeto puede asomarse a los mismos hechos desde otro ángulo que permita ver aspectos antes velados. La dramatización allana el camino, el cuerpo habla y el discurso yerra, señalando en todo momento a aquello que el sujeto no puede o no quiere ver. 
La escena muestra siempre algo novedoso que viene a poner en jaque nuestro posicionamiento en el mundo, dejando al descubierto la rigidez con la que hemos construido nuestra visión de las cosas. En la medida en que uno puede ver de otras maneras, también tiene la posibilidad de posicionarse y actuar desde lo alternativo. A través de la dramatización queda al descubierto que no somos tan víctimas de lo que nos pasa, y que siempre tenemos posibilidades de cambiar, aunque sea sensiblemente cierta parcela de realidad (o en último caso, asumir de manera más digna lo que vivimos).  Supone cierta posibilidad de viraje desde una realidad sufrida, a una realidad construida, previo paso, claro está, de cierto arancel que supone la asunción de una pérdida y la adquisición de una responsabilidad que antes se ajenizaba. 
Ya hemos dicho anteriormente que el psicodrama se basa en la representación como medio para ayudar al sujeto a asomarse a su verdad. 
Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué verdad? ¿acaso no es suficiente la verdad que presenta quien viene a pedir alimentos a un servicio social? Evidentemente no hablamos de ese tipo de verdad, sino de la verdad del inconsciente. De nuevo...¿qué verdad es esa? La que atañe al deseo...¿qué deseo?... Y así nos podríamos pasar la vida...
Los sujetos nos contamos la realidad que vivimos como podemos, en muchos casos tratando de hacer que nuestro cuento sea lo más asequible posible para nuestra economía psíquica. Al construir nuestra propia versión de las cosas, fácilmente nos colocamos como víctimas y no como responsables de aquello que sufrimos. En ese acto de ausentarnos como sujetos quedamos imposibilitados en la posibilidad de buscar salidas, quedamos atrapados. 
Recuperar la posibilidad del sujeto de responsabilizarse de su vida es ayudarle a salir de donde está, pero evidentemente, se trata de un camino más largo que el que él nos propone. Para él, es suficiente con que le demos lo que pide, pero aquellos que trabajamos en la línea de lo social (y Freud decía que toda psicología es social), no podemos quedarnos en ese acto de amamantar, sino que debemos buscar la vía que habilita a los sujetos en su propia búsqueda de recursos. 
Existen las injusticias sociales y el hambre, no lo podemos negar. Hay personas fuera del sistema. Pero, ¿cómo es que quedó alguien fuera del sistema?, ¿cómo soporta alguien una injusticia?, ¿Cómo sigue siendo alguien víctima de un maltrato?... Son preguntas a menudo esquivadas que remiten a uno mismo. De esas, a veces, no queremos saber. No olvidemos que uno es el resultado de lo que vivió, de cómo lo vivió y de las decisiones que tomó. En definitiva, de su propio devenir como sujeto. Si no recorremos el camino que nos lleva a la responsabilidad sobre nuestra propia vida, quedamos atrapados para siempre en la cárcel del victimismo. 
No quiere decir esto que no haya personas responsables que viven situaciones de malestar social, pero aún en situaciones muy complejas, siempre hay posibilidad de modificar, aunque sea en un pequeño grado, lo que uno vive. A menudo, pequeños cambios implican una mejor vivencia de las cosas. 
El malestar tiene que ver con lo que no se quiere perder. Muchas personas se mantienen en situaciones incómodas porque no pueden renunciar a los beneficios secundarios que secretamente obtienen. En muchos casos, porque éste beneficio no es consciente y en otros porque hay una dificultad real para entender que perder es ganar. 
Por ejemplo: Un individuo con un grado de minusvalía parcial. El paciente tenía posibilidad de demostrar con el tiempo que su minusvalía había disminuido y con ello, optar a posibilidades de trabajo. Llevaba mucho tiempo parado, pero su empeño en conservar la prestación le dificultaba salir de una situación depresiva fruto del tiempo de inactividad. La renuncia fue el camino para la apertura de nuevas posibilidades
¿Qué queremos decir con todo esto? Que siempre hay una verdad más allá de la que queremos contarnos, y hasta que no somos capaces de asomarnos a ella, permanecemos enquistados en el mismo lugar. 
El encuadre psicodramático ayuda a ir desvelando cómo es el juego en el que cada sujeto queda atrapado. Un juego beneficioso por un lado y nefasto por otro. En la medida en que ese juego queda al descubierto, el sujeto tiene posibilidades de dejar de jugar y ocupar sus energías en construir de otra manera.