Aula de psicodrama

Aula de psicodrama
Mostrando entradas con la etiqueta psicodrama. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicodrama. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de marzo de 2014

Speculum cabalga de nuevo.

Carlos García Requena

Director de Speculum.

 

Como dijo el poeta, Caminante son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino se hace camino al andar. Golpe a golpe, verso a verso palabra a palabra, diría yo, pues ya hace cuatro números que Speculum empezó a rodar y, desde entonces, un sinfín de experiencias han recorrido paralelas a éste devenir. Palabras enhebradas, discursos vivos y plurales se han cruzado en éste camino que paso a paso hemos ido recorriendo.  

En el presente número recojo, junto con mis compañeros Sibi Domínguez, Paqui Alcaraz, Pilar Vivo y Alberto Colomer, el testigo dejado por Enrique Cortés para continuar con esta labor de transmisión que ocupa nuestro deseo, una labor de la que, en cualquier caso, él sigue formando parte como trabajador incansable a la sombra. Somos ahora nosotros, pero antes han sido otros los que han participado en distintas partes del proceso. A todos os doy las gracias.

A mis compañeros, por las largas sesiones de trabajo y las horas de sueño robadas para dar forma a nuestra creación. Hemos trabajado mucho, pero la sonrisa que se dibuja en vuestras caras cada vez que sacamos un nuevo ejemplar al mundo hace que merezca la pena.

A nuestros colaboradores y articulistas, por regalarnos el fruto de su experiencia. Porque transmitir lo que en algún momento fue recibido, es sin duda un acto de generosidad y de amor que supone compartir y hacer de todos aquello que se conoce.  Vuestra contribución, como una huella en nuestro. espejo, es imprescindible para que podamos seguir haciendo llegar miradas diferentes a aquellos que buscan en nuestras páginas.

Gracias también a ti, estimado lector, por asomarte a Speculum y contribuir a la expansión de un espacio que ha sido concebido desde el principio como un crisol donde diferentes discursos relativos a lo grupal en general y al psicodrama en particular, puedan convivir; un lugar donde aquellos que dirigen la mirada al sujeto desde lo colectivo puedan encontrarse y hacer eco de una experiencia compartida. En eso estamos.

El número 4 de Speculum, que en realidad es el 5º, tuvo aires corporales cuando fue concebido, pero como ya sabemos que el grupo selecciona unas propuestas y desecha otras, nos hemos rendido a una evidencia clara: que nuestros colaboradores querían hablar de otras cosas. Así que éste número está salpicado con aires de diversas temáticas que se despliegan desde la teoría a la clínica, como eco o reflexión aledaña al tema de lo grupal. Es un número, de nuevo, muy experiencial, donde cada cual nos cuenta su forma de concebir y trabajar con grupos, así como sus reflexiones y estudios. Lo corporal está presente, pero quedará para otro momento el hacer de Speculum cuerpo. Queda prometido y pendiente.

Más allá de admitir que mi deseo inicial quedó frustrado, tengo que pasar a reconocer que el resultante del impulso colectivo me gusta, y mucho. Y lo hace porque, en conjunto, expresa con fuerza cómo la agrupación es una de las salidas al malestar que aqueja al sujeto, porque propone el grupo y el juego como elementos necesarios para poder mover los órdenes establecidos y generar nuevas formas de entender que sirvan para iluminar en la medida de lo posible la oscuridad de estos tiempos aciagos donde el sujeto marchita en soledad.

Sin más dilación, paso a presentarlo:

Como siempre, la sección de antecedentes abre las puertas de Speculum. En ésta ocasión lo hace de la mano de Sibi Domínguezquien nos acerca a la figura de W. R. Bion como uno de los referentes que contribuyeron a dotar los fenómenos grupales de una teoría basada en los conceptos psicoanalíticos elaborados por S. Freud y M. Klein. Es sin duda, una enriquecedora síntesis de conceptos que han servido de forma inestimable a la concepción de los grupos.

Desde el otro lado del charco, los ensayos colombianos abren la sección de teoría recogiendo un total de 5 artículos donde diferentes autores dan cuenta de aspectos relacionados con la práctica y la teórica psicodramáticaCamilo Arias encabeza la serie con su trabajo sobre la identificación en psicodrama y sobre cómo, en el “entre” grupal se produce un entre-cruzamiento de pedazos de subjetividad de cada cual que terminan por crear algo novedoso que va más allá del lo individual; algo de lo que, finalmente, se pueden servir todos.  Andrés Herrera bucea en los caminos paralelos del psicoanálisis y del psicodrama, caminos que se entretejen enriqueciéndose al precio de múltiples controversias. Pese a las reticencias de ciertos ámbitos psicoanalíticos ortodoxos que no terminan de reconocer al psicodrama (freudiano o psicoanalítico) dentro de las corrientes psicoanalíticasAndrés nos cuenta por qué ambos enfoques pueden ser complementarios pues suponen dos formas diferentes de acceso a la subjetividad. Cabe pues ir definiendo un campo teórico psicodramático de corte psicoanalítico que guíe la práctica y contemple como ejes formativos la experiencia propia, el aprendizaje de conceptos y la supervisión. Claudia Helena, concibe el proceso de formaciónpsicodramática como algo en gestación, siempre inacabado, donde más allá del saber que petrifica, un Psicodramatista debe estar abierto a lo sorpresivo que emerge constantemente como un saber inéditoDesde ahí, nos cuenta cómo, a partir de experiencias en la coordinación de grupos, tanto en España como en Colombia, y de la mano de su propio análisis, se hace preguntas sobre sí misma y sobre cómo situarse en el lugar de coordinador de grupos. Preguntas que si bien se abren desde el lugar de “supuesto saber” que del animador, terminan irremediablemente por implicarla sí misma: ¿qué lugar ocupo?

Sandra Milena nos cuenta también retales de su experiencia entretejidos en torno al acto psicodramático donde la palabra y la acción vienen a simbolizar pasajes imaginarios. En psicodramaal igual que en la creación literaria, se establece la posibilidad de materializar lo que es interno y a veces desconocido. Se trata por tanto de un acto de creación en el que el sujeto se contempla a sí mismo. Termina su escrito como en realidad empezó su idea, contándonos la historia de un personaje que renunció a mirarse en el espejo. Un sujeto cuya identidad queda suspendida y dependiente del reflejo que encuentra en el otro.

Cuando uno se encuentra en un momento de concluir, todo se precipita a la conclusión “. Así comienza Felipe Acosta un escrito que versa sobre las condiciones necesarias para que se pueda darel momento en que el sujeto concluye y precipita un acto. Un momento siempre incierto pues ningún resultado se sabe ni queda garantizado hasta que sucede. Mientras tanto, es la mirada es un primer tiempo que pone en marcha el proceso, que guía al sujeto a la hora de obtener información que le sirva para comprender y finalmente desemboque en el momento del cambio, del acto, de aquello que tiene por finalidad la conclusión de un ciclo de repetición.

Beatriz Martínez, Elisa Buendía y Enrique Cortés nos presentan en Speculum su participación en el Congreso Internacional de Intervención Psicosocial, Arte Social y Arte-terapia que se llevó a cabo en Archena (2012) bajo el título “De la creatividad al vínculo social”. En ella plantean cómo la matriz creadora se construye en los juegos de infancia y en la frondosa producción imaginativa del adolescente. Entonces, ¿por qué dejamos de jugar? Una pregunta que conecta en seguida con el malestar de la cultura.

Tras destacar cómo lo grupal (la agrupación) es una de las alternativas a ese malestar y hacernos la pregunta de ¿por qué trabajar en grupo?, los autores nos plantean cómo los principios del psicodrama podrían servir para crear un nuevo orden social. ¿Qué pasaría si pudiésemos dar voz a las pulsiones reprimidas que originan el impulso destructivo? ¿Cómo podría transformarse ese impulso en otro tipo de fuerza que estuviese orientada a construir otro tipo de orden?

Hay preguntas que no pueden responderse en solitario, hay respuestas que no pueden alcanzar el estatus de voz cuando sus sonidos están disgregados. L´union fait la force, o dicho de otra manera, la agrupación trasciende las posibilidades del sujeto.

En éste mismo sentido de cómo la colectividad permite alcanzar otros registrosSergé Gaude noshabla del efecto de apertura de la escena privada al espacio público, un movimiento donde lo secretocambia de estatus y puede ser revelado. Si en el psicodrama el yo auxiliar será el otro de la escena, el público cumplirá función de tercero en la relación. Al representar, lo propio produce resonancia en la colectividad que asiste y participa en la presentificación de la escena y gracias a ello, que el sujeto puede conocer de sí otras versiones. Se trata entonces de un intercambio entre lo interno y lo externo,entre lo privado y lo público, tal y como Serge titula su escrito. Un intercambio donde las estructuras cristalizadas pueden quedar jaqueadas por los reflejos colectivos.

En éste número, yo mismo he decidido hablar del fenómeno de la transferencia y de cómo se despliega de diferente manera en los encuadres grupal e individual. Desfiladeros de lo imposible habla de un amor caducado que busca ser reeditado constantemente en la relación con el otro, repitiendo una y otra vez la misma intención de restañar lo fracasado. Partiendo del concepto en sí, iremos desgranando algunos mitos y arribando poco a poco a cómo se juega, concretamente en psicodrama, el desplegamiento de lo transferencial.

Como comienzo de la sección clínicaEnrique Cortés nos habla del cuerpo. Un cuerpo que se construye, pues no se nace con él. El cuerpo-carne (lo biológico) nos es dado, pero el yo corporal se va construyendo a medida que la historia del sujeto lo va envolviendo de imágenes de significados. El cuerpo está habitado por personajes, por discursos provenientes del otro que se han quedado pegados como parte de la identidad; pero al mismo tiempo alienan al sujeto. Tras un recorrido por el desarrollo de esa construcción donde lo biológico es subjetivado, Enrique nos habla del valor que tiene lo corporal en el encuadre terapéutico y cómo es posible desplegarlo. Los destinos del cuerpo no son anecdóticos, por eso depende de nuestra capacidad y calidad de escucha poder revertir algunos de sus designiosNos habla también del síntoma como el goce encapsulado, de manera que gracias al trabajo psicoterapéutico (en nuestro caso psicodramático), ese goce encapsulado se puede llegar a la palabra, quedando desplazado del campo de lo perdido, al campo de lo posible: el deseo.

También del cuerpo y su imagen nos habla Elina Matoso, quien se vale precisamente del trabajo con máscaras como dispositivo de interrogación sobre la identidad. La máscara permite el desplegamiento de lo silenciado, ofrece la posibilidad de atravesar la dualidad, la ambigüedad, la pérdida de la unidad de sentido y el desenmascaramiento de certezas que sólo vienen al lugar del engaño. Elina se plantea preguntas que a lo largo de años de trabajo ha ido tratando de responderse: ¿es posible vivir sin máscaras?, ¿es el cuerpo un territorio que está poblado de ellas?, ¿hay una máscara grupal?

Todos sabemos que existe también una “palabra máscara”, una palabra vacía que más que a desvelar, está destinada a velar la verdad o a esquivarla. Con un aporte fresco y humorísticoAlberto Colomernos lleva a la cuestión de cómo, a través del psicodrama ha podido comprender ciertos conceptos psicoanalíticos. Uno de los míos es, en cierta manera una demanda, un llamamiento donde se invita a los sesudos psicoanalistas a que dejen el discurso endogámico para ofrecer al mundo una versión más accesible y menos contradictoria donde los ejemplos sustituyan a los giros onanistas de la palabra. “Los psicoanalistas no escriben, sueñan. Si el sueño tiene que ver con la realización de un deseo insatisfecho,… los psicoanalistas tienen multitud de deseos insatisfechos que se empeñan en sublimar una y otra vez a través de sus escritos”.

Como el sueño, el inconsciente no tiene tiempo. Está suspendido y se pliega. Ana Guardiola nos regala una reflexión sobre el tiempo en el psicodrama, donde experiencias pasadas y presentes se entrecruzan en el vértice del afecto. Nos habla de cómo en la sesión psicodramática, el tiempo corre de otra manera y el encuadre grupal precipita los momentos para ver, comprender y resolver, adquiriendo otro ritmo. Un ritmo lógico, que no cronológico.

Y sin embargo, aunque sea relativo, el tiempo no deja de pasar… y lo ausente crea el recuerdo…recuerdos…

Carta para Aliou es uno de esos que te hacen sentir bien. Es un guiño que viene a recordarnos cómo la intervención social puede realizarse desde enfoques creativos y flexibles, cómo a partir de un elemento común puede crearse una matriz grupal que sirva a los sujetos para elaborar sus propias experiencias. Paqui Alcaraz escribe a Aliou y en sus letras revive por un momento las huellas de una experiencia compartida que quedó en el corazón de todos. Una experiencia de integración en la que jóvenes inmigrantes pudieron hacer un alto en su camino para poder despedirse de aquello que dejaban atrás. La carta es en realidad la muestra de un viaje, algunas veces de ida y vuelta, pero como todos sabemos, tras los viajes, uno nunca vuelve de la misma manera ni al mismo lugar.  

También Elisa Buendía nos habla de su experiencia grupal y nos cuenta cómo la palabra puede realizar aperturas allí donde el fármaco coagula y anula al síntoma. “La palabra como medicina” nos cuenta la experiencia con un grupo de mujeres híper-frecuentadoras de servicios de salud mental donde pudo comprobarse cómo la palabra tiene un efecto sobre el sujeto. Pero como ella misma señala, “para poder hablar, tiene que haber otro que escuche”. Felicito a Elisa por el atrevimiento a plantear un discurso alternativo, por la motivación necesaria para llevarlo a cabo y el deseo de sentarse a escuchar. La animo desde aquí a seguir creando espacios donde personas se puedan encontrar con personas, espacios donde la palabra y la escucha sirvan para tejer lazos entre personas. Porque el vínculo es lo curativo (“Never walk alone”).

Y hablando de escucha… Teresa Hermida nos hace una lectura entre líneas del discurso de poeta Caballero Roldán, desdoblando el sentido de las palabras y acercándolas a su experiencia con el psicodrama freudiano. Lo que ella escribe como fruto de una fantasía es un ejemplo de cómo la escucha puede llevarnos a sentidos diversos. “La palabra es un antídoto contra los desahucios de la razónEn cualquier caso, una hermosa fantasía que abre la sección de ecos.

En psicodrama, los ecos suceden a la representación. Se trata del momento en que el efecto resonante se propaga y los inconscientes vibran dejando a su paso nuevos significantes.

También se produce eco cuando lo comprendido tiene el poder de ser exportado a otras situaciones cotidianas. Cuando lo vivido como cambio interno puede desplegarse externamente produciendo nuevos ordenes. Es precisamente eso lo que se pone en juego en el siguiente artículo.

La experiencia con grupos de humanos que nos regala Paqui García es el curso de dos ríos paralelos que se entrecruzan en la danza amorosa de la transformación. Un torrente que se despliega a partir de las preguntas generadas por el juego psicodramático; preguntas que vienen a evitar que la puerta se cierre de nuevo y suspenden a Paqui en la pista de las armonías tramposas: ¿Para qué me empeño en seguir aquí?  Ese giro en la mirada, hacia sí misma, le permite responder a la pregunta en torno a su deseo: el deseo de ocupar el lugar del coordinador. Y desde ahí comienza la aventura de ¿cómo ocupar ese lugar? Vivirlo bien implica un reencuentro con la falta. Hasta aquí puedo leer…

Alrededores es un espacio que abre Cesar Cerón al hablar de la fotografía como herramienta terapéutica. Como él mismo dice, Una fotografía es una evidencia de que algo existió. Un instante en suspenso… un mensaje del inconsciente”. La fotografía hace visibles aquellos aspectos que los sujetos no podemos ver de ordinario. Aunque en realidad se trate de un objeto mudo, cuando observamos una imagen, le asignamos un significado subjetivo por efecto de resonancia, completando la información que falta con la propia. En esa capacidad que la imagen ofrece como receptáculo de la subjetividad proyectada del sujeto es donde la fototerapia se edifica como un medio de comunicación, expresión y reflexión que conecta bidireccionalmente lo interno y lo externo del sujeto.  

No quiero dejar de mencionar que gracias a Pilar Vivo, Edgar Mendoza y Mikel Muñoz Gotxon, nuestra revista cobra vida en imágenes. Y lo hace de una manera bella, con ese sello que tienen los grandes artistas para captar la esencia de las cosas. Las obras que salpican las páginas de Speculum son un regalo para nosotros porque conocemos quienes las construyeron, porque sabemos qué valor tienen. Es por eso que desde aquí, animamos a nuestros lectores a acercarse a éstos autores para descubrir sus creaciones. Edgar, Pilar, Mikel… esperamos seguir contando con vuestrascolaboraciones durante mucho tiempo. Muchas gracias.

Como siempre, cerramos el número con reseñas de interesantes libros, con un recordatorio de los eventos futuros relacionados con el psicodrama y los grupos, y con un índice temático que nos servirá para movernos con más soltura dentro de la obra.

Querido lector, sin otro particular que abrirte las puertas de éste nuevo número de Speculum, sólo me queda desearte una grata lectura: ¡Bon appétit!

Carlos García Requena.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Psicodrama y flamenco

Por Enrique Cortes. Psicoanalista. Psicodramatista.

Este fin de semana hemos dado carpetazo al primer año de la formación de psicodrama freudiano de nuestra segunda promoción. Durante dos semanas, en las que los alumnos han ido desnudándose, una vez más, a base de creatividad y no poco trabajo; hemos escuchado su hacer en sus trabajos, como han sido influenciados en algún momento psicodramático y como su inconsciente a ido guiándoles en sus letras e inspiraciones: " el poeta no sabe lo que escribe mientras lo escribe.., será luego y al leerlo cuando touche."
El viernes a la tarde en unas de las exposiciones,Virtu, una alumna, nos hablaba del psicodrama y el flamenco; cuando llegué a casa me encuentro con un articulo de Manuel Rodriguez titulado FLAMENCOS.-
Asegura el fotógrafo (y productor) Jerónimo Navarrete, que lleva treinta años sacando placas de flamencos y flamencas tanto en acción como en reposo, que su “música es aire organizado, cargado de intención en función de qué es lo que se interprete”. Y añade, para explicarlo: “No es lo mismo una seguiriya que un tango, una alegría que un polo. Cada estilo tiene su aire”. De modo que, como la fotografía, que en cierto modo organiza el aire en torno al sujeto, así también funciona el flamenco, ese proteico estilo de música (y, para muchos, de vida) no siempre fácil que ha sido declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El propio Navarrete, que es quien pone la música de las fotos, junto con el periodista José María Goicoechea y el crítico musical José Manuel Gómez, que han puesto la letra de los comentarios, son los autores de Flamencos (Rey Lear), un completo álbum de retratos de miembros de varias generaciones de cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras, guitarristas y percusionistas realizados precisamente en una época en que el flamenco, sus ritmos, sus palos, su imaginería y puesta en escena han experimentado la mayor revolución en su ya larga historia de dos siglos. Con un criterio saludablemente ecuménico y “sin gendarmes del flamenco”, ni guardianes de las esencias, en sus páginas saludamos tanto a los miembros de las grandes dinastías familiares —de los Montoya o los Flores a los Morente o los Farruco— como a esas individualidades que en su momento conmocionaron el duende (el “pellizco”, lo llama Morente) insuflándole aires y ritmos (y letras) lejanos y heterodoxos, como Paco de Lucia, camarón o, más cerca de nosotros, el cantaor Pitingo, la bailaora Sara Baras o el percusionista Cepillo. Porque el flamenco se ha alimentado siempre, en mayor o menor medida, del mestizaje: al fin y al cabo, como nos recuerda Goicoechea, las mismas Fernanda y Bernarda de Utrera, flamencas donde las haya, “metieron a Johnny Guitarpor bulerías”, dando nueva vida y estremecimiento adicional al inolvidable tema compuesto por Victor Young (música) y Peggy 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Psicodrama y psicoanálisis

Por Enrique Cortés

Entre el psicoanálisis y el psicodrama todo es diferente por causa de la mirada.

La mirada del otro precipita mi discurso, el tiempo de comprender se acelera en el psicodrama, ya que la mirada del otro me sirve de referencia. La mirada en psicodrama nos lleva a la identificación; del  “yo soy como él” al “yo soy en tanto diferente a él”. Y esto ocupa el primer plano en psicodrama, es decir, mi diferencia y mi singularidad como sujeto en relación al otro, en definitiva la conciencia de mi deseo. Lo que me hace diferente del otro.
En el psicoanálisis, el silencio sin respuesta del analista remiten al sujeto a un tiempo y un espacio diferentes de los del psicodrama. Se intenta con ello llevar al analizante al lugar vacío de su deseo. En el análisis es por esta razón que no se accede a las demandas.
En el psicodrama lo que interesa es el rol, no es tanto el deseo sino la implicación, el cómo uno se esfuerza por anticipar-se a lo que el otro piensa, aquí, de nuevo,  juega un papel muy importante la mirada.
A) la mirada.- ella va a precipitar el tiempo de comprender y el momento de concluir (instante de ver). Ante la incógnita de cómo soy visto por el otro la salida es anticipándose a lo que el otro piensa. Solo se necesita un instante de mirada y un momento de intuición para comprender. Al igual que en los tres prisioneros, ante la presencia de la mirada del otro no se dispone de todo el tiempo necesario para reflexionar y vencerá el que concluya más rápidamente.
B) el discurso.- esta misma urgencia, hace que el discurso no sea igual que en el individual. Entre los participantes se establece un discurso común, de este modo, a uno que habló, otro participante le responde, bien con un sueño, bien con otras palabras... aquí entra en escena el juego, ya que mediante el mostramos de que se habla en realidad, al mismo tiempo que se relanzan las identificaciones, pero paradójicamente a lo esperado, en ese momento el yo auxiliar no obedece a las consignas y modifica los elementos del problema, encontrando en este cambio la respuesta más correcta.
Después del juego, la identificación de los testigos con los actores viene a suplir la del yo auxiliar. Ahora son ellos los que muestran las múltiples facetas de lo que han visto y sentido, y quienes ponen en circulación los significantes de las identificaciones en cuestión. Siendo estos significantes quienes ocupan el lugar que en el análisis poseen los significantes de la interpretación del analista.
C) la transferencia.- con lo cual no nos puede sorprender que tampoco en el psicodrama la transferencia sea la misma que en el psicoanálisis. En el análisis al que se le supone un saber es al analista, en el psicodrama, si bien es verdad que al animador se le supone un saber, este lo ejerce a nivel de la escucha grupal; pero además ese saber pasará a estar en manos del yo auxiliar, en la representación y finalmente después del juego son los propios participantes quienes señalan el atributo y los significantes que lo sostienen.
 Podemos concluir que el animador está menos catectizado que el analista y que por hallarse expuesto a la mirada, el animador pierde la iniciativa de la palabra y el que lo ve puede anticipar su propia aserción.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Psicodrama y verdad... ¿Qué verdad?

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.

El psicodrama y los métodos asociados a él son instrumentos psicosociales de vastas aplicaciones. Como el poderoso instrumento que es, constituye algo más que un tipo de psicoterapia cuyos principios son aplicables a la educación, a la empresa, al desarrollo comunitario y, por supuesto, a la intervención social. 
Se trata de un método que permite explorar los problemas psicológicos y sociales partiendo de la narración y la representación de escenas de la vida de los sujetos donde se condensan los conflictos y las dificultades que vive. Puede verse como un laboratorio dedicado a la exploración de los problemas psicosociales que aquejan a las personas; dicha exploración permite la aparición de nuevas miradas sobre los mismos hechos y por lo tanto, la posibilidad de nuevos posicionamientos en la realidad cotidiana de las personas. 
A través del juego y la representación, el sujeto puede asomarse a los mismos hechos desde otro ángulo que permita ver aspectos antes velados. La dramatización allana el camino, el cuerpo habla y el discurso yerra, señalando en todo momento a aquello que el sujeto no puede o no quiere ver. 
La escena muestra siempre algo novedoso que viene a poner en jaque nuestro posicionamiento en el mundo, dejando al descubierto la rigidez con la que hemos construido nuestra visión de las cosas. En la medida en que uno puede ver de otras maneras, también tiene la posibilidad de posicionarse y actuar desde lo alternativo. A través de la dramatización queda al descubierto que no somos tan víctimas de lo que nos pasa, y que siempre tenemos posibilidades de cambiar, aunque sea sensiblemente cierta parcela de realidad (o en último caso, asumir de manera más digna lo que vivimos).  Supone cierta posibilidad de viraje desde una realidad sufrida, a una realidad construida, previo paso, claro está, de cierto arancel que supone la asunción de una pérdida y la adquisición de una responsabilidad que antes se ajenizaba. 
Ya hemos dicho anteriormente que el psicodrama se basa en la representación como medio para ayudar al sujeto a asomarse a su verdad. 
Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué verdad? ¿acaso no es suficiente la verdad que presenta quien viene a pedir alimentos a un servicio social? Evidentemente no hablamos de ese tipo de verdad, sino de la verdad del inconsciente. De nuevo...¿qué verdad es esa? La que atañe al deseo...¿qué deseo?... Y así nos podríamos pasar la vida...
Los sujetos nos contamos la realidad que vivimos como podemos, en muchos casos tratando de hacer que nuestro cuento sea lo más asequible posible para nuestra economía psíquica. Al construir nuestra propia versión de las cosas, fácilmente nos colocamos como víctimas y no como responsables de aquello que sufrimos. En ese acto de ausentarnos como sujetos quedamos imposibilitados en la posibilidad de buscar salidas, quedamos atrapados. 
Recuperar la posibilidad del sujeto de responsabilizarse de su vida es ayudarle a salir de donde está, pero evidentemente, se trata de un camino más largo que el que él nos propone. Para él, es suficiente con que le demos lo que pide, pero aquellos que trabajamos en la línea de lo social (y Freud decía que toda psicología es social), no podemos quedarnos en ese acto de amamantar, sino que debemos buscar la vía que habilita a los sujetos en su propia búsqueda de recursos. 
Existen las injusticias sociales y el hambre, no lo podemos negar. Hay personas fuera del sistema. Pero, ¿cómo es que quedó alguien fuera del sistema?, ¿cómo soporta alguien una injusticia?, ¿Cómo sigue siendo alguien víctima de un maltrato?... Son preguntas a menudo esquivadas que remiten a uno mismo. De esas, a veces, no queremos saber. No olvidemos que uno es el resultado de lo que vivió, de cómo lo vivió y de las decisiones que tomó. En definitiva, de su propio devenir como sujeto. Si no recorremos el camino que nos lleva a la responsabilidad sobre nuestra propia vida, quedamos atrapados para siempre en la cárcel del victimismo. 
No quiere decir esto que no haya personas responsables que viven situaciones de malestar social, pero aún en situaciones muy complejas, siempre hay posibilidad de modificar, aunque sea en un pequeño grado, lo que uno vive. A menudo, pequeños cambios implican una mejor vivencia de las cosas. 
El malestar tiene que ver con lo que no se quiere perder. Muchas personas se mantienen en situaciones incómodas porque no pueden renunciar a los beneficios secundarios que secretamente obtienen. En muchos casos, porque éste beneficio no es consciente y en otros porque hay una dificultad real para entender que perder es ganar. 
Por ejemplo: Un individuo con un grado de minusvalía parcial. El paciente tenía posibilidad de demostrar con el tiempo que su minusvalía había disminuido y con ello, optar a posibilidades de trabajo. Llevaba mucho tiempo parado, pero su empeño en conservar la prestación le dificultaba salir de una situación depresiva fruto del tiempo de inactividad. La renuncia fue el camino para la apertura de nuevas posibilidades
¿Qué queremos decir con todo esto? Que siempre hay una verdad más allá de la que queremos contarnos, y hasta que no somos capaces de asomarnos a ella, permanecemos enquistados en el mismo lugar. 
El encuadre psicodramático ayuda a ir desvelando cómo es el juego en el que cada sujeto queda atrapado. Un juego beneficioso por un lado y nefasto por otro. En la medida en que ese juego queda al descubierto, el sujeto tiene posibilidades de dejar de jugar y ocupar sus energías en construir de otra manera. 

El juego. Espacio de elaboración

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.


“El juego, en psicodrama, rompe con las dimensiones corporales y espaciales de la “realidad” grupal. Un juego siempre imaginario, que representa, que revive a los personajes, las escenas y los afectos ausentes.” 

Winnicott, en su concepción del juego, habló sobre esa capacidad de crear un espacio intermedio entre lo que está afuera y lo que está adentro. Ese espacio transicional es uno de los pilares sobre los que se basa el psicodrama al proponer el juego como elemento de exploración, aprendizaje, elaboración de las temáticas conflictivas, etc. Al jugar, el niño crea un espacio intermedio donde puede desplegar su mundo interno e interaccionar con los objetos, lo que le permite elaborar situaciones, aprender, afinar habilidades, etc. 

Freud advirtió también el potencial del juego como medio de elaboración psíquico. En su obra describe cierta observación relacionada con el juego que su nieto hacía con un carretel. A éste juego, Freud le llamo Fort-Da, y está considerado como la matriz del psicodrama. 

El niño tenía 16 meses y prácticamente no hablaba. Cuando su madre se ausentaba, no lloraba. Solía arrojar  lejos de sí todo tipo de objetos emitiendo un sonido prolongado “oooooohhh” al tiempo que sonreía pleno de satisfacción. Un día, Freud descubrió que el niño había construido un juego un poco más elaborado a partir de un carretel que tenía atado un hilo. El juego tenía dos tiempos:

Lo arrojaba desde la cama, gritando ese “ooooohhhhh”, que como afirmaba la familia significaba “fort” (partida-lejos)…

Y luego recogía el hilo y recuperaba el carretel con gran alegría, al tiempo que decía decía “da” (he aquí-acá).  

Este era el juego completo de desaparición y retorno. 

Nosotros consideramos que en el juego del carretel o fort-da descrito por Freud, está condensada la esencia del psicodrama, pues constituye la matriz simbólica sobre la que puede asumirse la pérdida. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el juego del fort-da?

Significa la posibilidad de simbolizar algo. ¿Simbolizar? Sustituir un objeto por otro. El carretel puede ser el equivalente a la madre, pero también de todo aquello que es susceptible de desaparecer, de ser perdido. Freud decía que la vida es un constante duelo y la enfermedad es la forma en que nos defendemos de asumir dichas pérdidas. 

Mediante el juego, el niño puede ir elaborando sus afectos y sus deseos, canalizando una salida a la conflictividad de su mundo interno, una salida simbólica a la realidad que vive. El juego le permite al niño dejar de ser pasivo, le da la oportunidad de tomar parte activa en el proceso de asimilación de los pequeños o grandes traumas que todo desarrollo conlleva. Jugar ofrece la oportunidad de no quedar detenido, de dar salida a lo que no tuvo oportunidad de ser expresado. Es por tanto, un vehículo de expresión. 

Cuando el niño juega a pelear, está simbolizando su impulso agresivo. Cuando juega a cuidar enfermos, desarrolla los afectos compasivos y amorosos con el otro. Todos recordamos esos documentales de la dos a la hora de la siesta donde los cachorros de cualquier especie juegan con sus hermanos a un juego que en realidad es un entrenamiento, un como sí del juego de la vida. El niño juega, y en ese movimiento aprende a vivir. 

En psicodrama elegimos el juego, la dramatización como elemento de cambio, porque da la posibilidad de simbolizar, de poner en palabras y en acción aquello que permanece encerrado, creando conflicto, malestar y síntoma. 

“En el psicodrama hablamos de una verdad trascendente que se halla más allá de lo que es obvio, ya que se trata de la puesta en escena, de manera no solo rememorada, sino también representada, de lo vivido”. 

Hablamos de juego dramático cuando utilizamos la puesta en escena o la dramatización como vía de realización y de re-creación de la propia vida. Se trata de una puesta en acción de lo que se haya detenido, un jugar activo y voluntario con la finalidad de aprender, de crecer. Al movilizar lo que quedó estancado, se da la posibilidad de un movimiento de resolución. 

El psicodrama es una invitación al juego. Un revivir, a través de la escena, algo que sucedió. Y al re-vivirlo, crear una nueva oportunidad de contemplar, ahora desde cierta distancia para poder comprender mejor. Esa distancia es lo necesario, alejarme, para poder acercarme de otra manera. 

Se trata por tanto de dramatizar, para desdramatizar. De poner en escena lo que de otro modo quedaría en el imaginario, y ya sabemos, que es precisamente que es aquello que se imagina lo que nos aterra. En la medida en que podemos acercarnos a aquello que tanto miedo nos daba, que nos atrevemos a quitar la sábana al fantasma, nos damos cuenta de que debajo no hay nada. El psicodrama permite ese acercamiento y esa posibilidad. 

Sin embargo, no todo juego vale. Moreno tuvo la intuición acertada de comprender el potencial del juego, pero su propuesta llevaba a los sujetos a una cierta realidad paralela de la que el psicodrama freudiano se desmarca. Podríamos pensar que podemos jugar a ser dichosos cuando no lo somos, o fantasear con que dijimos lo que en realidad no pudimos decir. Esto estaría bien desde el punto de vista de obtener cierta satisfacción catártica, pero sería crear una realidad que no existió. Es por eso, que en psicodrama freudiano se trabaja con la pérdida, con la falta. No se crean escenas restitutorias donde se transforma el final ni se busca el happy end. No se incita al sujeto a que haga lo que no hizo, sino que se le pregunta acerca de cómo es que no lo pudo hacer. Se trata de poder poner en palabras la dificultad, para ayudar al sujeto a ver qué le limita, y desde ahí, aceptando ciertos límites, poder ir más allá. En definitiva, se trata de simbolizar la pérdida para poderla asumir. 

Asumir lo que no puede ser, para poder abrirse a lo que sí. Como veremos más adelante cuando hablemos de las identificaciones, el psicodrama tratará de romper con las identificaciones alienantes y permitir al sujeto más grados de libertad. Sin embargo, esto solo ocurre al precio de una renuncia, la renuncia que supone dejar de aspirar a ciertas cosas. 

En un grupo con personas que llevan largo tiempo paradas, uno de los participantes cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas y no recibir nunca trabajo. Al desplegar su discurso, recuerda cómo su madre se quejaba constantemente de cómo le iba con su padre. La queja une las dos escenas. Al representar una escena donde él escucha la queja de su madre en relación a su padre ausente, el protagonista toma conciencia de: “Tanto quejarse… ¿por qué no hace nada”… El animador le señala el lapsus… “por qué no hace nada”… en todo caso sería… “¿Por qué no hace algo?”. Esa puntuación le lleva a darse cuenta de cómo él tampoco hace nada… En realidad, se pasa el día en casa, buscando por internet ofertas de trabajo… Termina dándose cuenta de cómo a renuncia  a la comodidad es una de las maneras de salir del atolladero en el que se encuentra (lo mismo que tenía atrapada a su madre). 

En ésta viñeta observamos, varios aspectos importantes de la forma en que procede el psicodrama freudiano. Por un lado, cómo una escena (la actual, donde el protagonista cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas) da lugar a otra escena (la familiar); el trabajo con la escena familiar permite tomar conciencia de una repetición y abre la posibilidad a una opción nueva, pero al precio de una renuncia. Por otro lado, observamos cómo el lapsus que comete el paciente sirve para acceder a otra realidad diferente que hace virar el discurso del paciente. En ese descarrilamiento, se despliega otra realidad donde el sujeto ya no es víctima, sino responsable de lo que le sucede. Del lapsus y otras manifestaciones del inconsciente, y debido a que son elementos esenciales en el psicodrama freudiano, hablaremos cuando pongamos atención en el discurso.

Como en el carretel de Freud, el juego permite un retorno, una escena pasada, un revivir lo que allí ocurrió y poner en el presente lo olvidado. Pero ese retorno nunca es el esperado. La escena trae consigo novedades, porque el recuerdo siempre es diferente, porque al contarlo, el animador cuestiona el discurso y lo abre a otros lugares, porque los protagonistas nunca se comportan tal cual sucedió en ese otro momento en el que el recuerdo quedó congelado, porque lo que se dice mueve siempre el punto de vista, etc. La escena se guardó de forma subjetiva, de manera que al contarse y vivirse otra vez, algo novedoso vendrá a un primer plano. Algo que sin duda aportará información importante. 

En el proceso de dramatización que promueve el juego, algo deja de ser interno, para ser externo y observable, deja de ser imagen mental para ser palabra o acción. O mejor dicho, pasa de lo interno, a ese lugar que tampoco externo, que tampoco es la realidad, sino un intermedio que se despliega en el acto de jugar. Ese proceso de exteriorización es lo que conocemos como el paso desde lo imaginario a lo simbólico. Un ejemplo claro de esto lo vivimos constantemente: Todos hemos vivido cómo da vueltas un pensamiento sobre algo que nos ocurrió con otra persona, cómo quedamos martirizados por ese ruido mental por no asumir la responsabilidad de reconocer ante ese otro el punto en el que nos quedamos parados (por vergüenza, por miedo a escuchar lo que tememos, etc.). Ese dar vueltas imaginario lleva a crear teorías, a desplegar temores y fantasmas, etc. Si tenemos la oportunidad de hablar lo que sucedió con esa otra persona, aquello que imaginamos queda confrontado y todo el humo mental creado en torno al suceso queda despejado por una nueva realidad, por mala que sea. Hablar las cosas, ponerlas en palabras, y en definitiva, simbolizarlas, es la puerta de salida para el atrapamiento imaginario. 

Vemos de nuevo cómo el cambio se produce por efecto del duelo, pues atreverse a perder aquello que se protegía a través del a vergüenza o el miedo es la puerta para cierta liberación del encadenamiento imaginario. El atrevimiento a plantear lo sucedido tiene que ver con la capacidad de pérdida. 

Sin ir más lejos… ustedes tendrán preguntas… ¿por qué no las formulan? Unos no lo harán porque piensan que sus preguntas son absurdas. Otros creen que molestarán al plantear lo que creen que los demás saben. La pregunta queda en el imaginario, sin responder. Pero alguien corre el riesgo y plantea la cuestión. En ese momento, lo imaginario se rompe y las palabras abren la posibilidad de conocer algo nuevo, algo que hubiera quedado velado de no ser por el atrevimiento. El riesgo, la capacidad para asimilar la falta y asumir que hay algo que no se entiende, es lo que abre la posibilidad de entenderlo. Aquí vemos de nuevo un ejemplo de cómo es sobre duelo sobre lo que siempre se está trabajando. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Grupos y humanos

Por Enrique Cortés

Con este título Mario Polanuer, intentaba dar cuenta de las características que envuelven a los grupos; allí se partía, por lo menos así lo descifré yo, de la siguiente hipótesis: La subjetividad humana se construye a partir de la relación con el otro. De ahí que percibir que el otro es otro sujeto, tanto como uno mismo, y a la vez tan diferente es tan complicado, e insoportable, como ver lo que en él hay de igual en uno. Me atrevería, incluso, a decir que la relación que cada uno de nosotros tiene con el grupo parte de alguna manera con esta vivencia.
Por un lado tendemos a buscar el ideal que nos aúna con el otro, esa imagen que nos funda; por el otro están las palabras, palabras necesarias para que el pacto se instaure, un pacto que requiere que cada uno de los que lo suscriben reconozca de la existencia del otro.
Encontramos grupos donde la exaltación a la imagen de sí llevan a sus componentes a confundirla con el ideal, son grupos donde todos los integrantes han identificado la figura del líder con la de su propio ideal, y lo seguirán hasta la muerte. Se trata del impulso a la masa. Freud en su Psicología de las masas y análisis del Yo y Elías Canetti en Masa y Poder, dan cuenta de ello.
Esto se entiende porque en la reunión de los miembros de una masa alrededor de su líder se produce un goce, un sentimiento de completud; y es más en estos grupos el diferente es un traidor, un enemigo que debe ser aniquilado. A esto hay que añadirle que el mismo dirigente, maestro o gobernante, el poder  propio del cargo, le ofrece un señuelo, una tentación  de índole narcisística.
Ahora bien, si la consistencia que lo anterior da al grupo es más bien necesaria, su exceso termina haciendo la vida imposible a sus integrantes, ya que lo que construye o subjetiviza es el riesgo de no sentirse unificado.
La característica fundamental de un grupo que resiste al impulso a la masa reside en la función que se le reserva a la palabra. Pero las palabras promueven más preguntas que aseveraciones, más cuestionamientos que certezas y se tiene la sensación de que las cosas se escapan.
Estando así las cosas, se pone en primer plano una cuestión ética, donde para cada sujeto se presenta una alternativa: sustraerse o entregarse a la expectativa de goce que genera el grupo. Cuando puede darse cuenta, se ve obligado a elegir. Si no se da cuenta, elige sin saberlo.

¿Es gestaltico el psicodrama freudiano?

Por Alfonsi Huete. alfonsi. huete@gmail.com

Tras un periodo de formación, hace apenas un mes me estrené profesionalmente en el quehacer de un psicodrama freudiano. De lo previsto a lo visto acerté en una sola previsión, de forma similar a lo ejemplificado por Lacan con el juego de los prisioneros, “el que arriesga se salva”, en el sentido en este caso de poder ver-se, de poder ir construyendo un saber solo posible atravesando la resistencia narcisista del “¿cómo lo haré?”.
Acerté en prever que estaba nerviosa, que era lo normal, y que cuando me sentara pesaría más la responsabilidad que el narcisismo y eso es lo que importa. Este pensamiento lo pongo en boca de Enrique, quien lo enuncia en nuestra formación y que es como un mantra para mí cuando practico; además, el taller fue realizado en La Huertecica, y al llegar a mi casa por la noche, recordé que tuve un primer insight de lo que supone ser responsable en ese mismo salón donde se realizó el taller, hará ahora unos 21 años, cuando trabajando con drogodependientes heroinómanos, tratando de esconder mi miedo (al estilo del consejo que se dan los funcionarios de prisiones en la película “Celda 211”: “Sobre todo que no se te note el miedo”), adoptaba en los inicios de mi trabajo, actitudes defensivas de provocación y dureza, hasta que un día a punto de expulsar del centro a un paciente, me di cuenta de que él estaba en una situación más vulnerable que yo: en ese punto dependía de mi decisión.




Esta experiencia le dio un giro a mi concepción de autoridad, que ahora contaba con uno de sus ingredientes esenciales, a mi modo de ver, la responsabilidad.
Es en este punto donde hay posibilidad de discriminar entre “acting out” y “acto”. Es en ese punto de corte donde la técnica psicodramática, tiene la capacidad de provocar un cambio donde hay un “siempre lo mismo”,eso sí, siempre que el deseo sea puesto en juego.
Las previsiones que no se cumplieron: en formación me había resultado hasta ahora más fácil el papel de animadora que de observadora. No ocurrió así en este taller. No sé por qué la observación me resultó más sencilla. Tras unos días de reposo, supongo que un factor puede deberse a que la mayor experiencia del compañero del taller, comparada con mis compañeros de formación, clarificara más el tema general de lasesión; otro factor podría ser el descenso del foco narcisista en tanto que el encuadre era diferente para mí: en el caso de formación es en la observación donde más cabe ponerse a imitar a los maestros psicoanalistas,en cuanto que este tipo de devolución son bastante ajenas a mis intervenciones  gestálticas, y además una cuenta con que a la postre, ahí está el responsable de la formación en caso de desaguisado; pero en elcaso de un taller “real”, donde este componente de responsabilidad es más ineludible, sencillamente estoy en dar al paciente algo que le valga, que resignifique la experiencia de su actuación, abriendo una posibilidad de romper la cadena de repeticiones.
Esto último ha sido como asomarme experiencialmente (con la experiencia aludo a la presencia en el taller,la escucha y al intento de abrochar ésta con palabras) un poco más a algo intuido desde que oigo y leo sobre psicoanálisis y psicodrama freudiano: la cadena de significantes. Aunque sigo sin saber definirlo, ya que es un expresión que me convoca más de lo que puedo nombrar, siempre me viene la imagen decuentas ensartadas en un hilo, a modo de collar; al oír significantes me remite a palabras y sin embargo,he tenido la impresión de que,  esa cadena no está compuesta solo de palabras sino de equívocos, o sea lapsus verbales, sorpresas y novedades, o sea lapsus emocionales, y actitudes corporales que no encajan en el discurso general, o sea contradicciones.
En un escrito Enrique nos convocaba a pensar sobre el hecho de que el psicodrama es muy gestáltico. A no ser que esté diciendo un disparate (que podría ser), para hacerme eco de algunos de esos significantes,el entrenamiento en escucha gestáltica ha sido tan importante como el aprendizaje psicoanalítico que voy realizando.