Aula de psicodrama

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lunes, 17 de febrero de 2014

Con muy mal ARTE y poca TERAPIA

Por Enrique Cortes. Psicodramatista. Psicoanalista. 


La Envidia (el peor de los pecados)

 

“…la del niño que no habla todavía, mirando a su hermano colgado del seno de su madre, mirándole”.J.Lacan; Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis

Quien tiene envidia pone gran trabajo en impedir que se manifieste, cosa que trae consigo grandes molestias corporales…” Castilla del Pino; Teoría de los sentimientos

“Y de todos los vicios, ninguno ataca tanto la felicidad de los hombres, porque no satisfechos de afligirse a sí mismos, los envidiosos perturban el placer de los otros” Descartes; Las pasiones del alma.

                                                         

Desde Freud, la envidia es básicamente la envidia de pene y como tal organizador de la sexualidad femenina, en el contexto del Complejo de castración y del Complejo de Edipo. En Lacan, en cambio, la envidia de pene la refiere al estatuto imaginario, La envidia quedará referida a la agresividad constituyente.

Seguiré la línea de la identificación y el narcisismo.

Un tipo va por ahí, viviendo y tratando de ser, no obstante es que la envidia es un padecimiento del ser, y de pronto ¡zas!: ve a la envidia. Es decir ve fuera de , algo en el otro deseable; algo que no debería estar allí, en el otro. Entonces cuestiona su valía, su ser en el mundo.

Rápidamente hace un cálculo de destrucción del otro por el que se siente desposeído. A él le corresponden los derechos, todos, y desde luego no se ajusta a la ley.

“Allí donde el otro está, yo debería estar, teniendo lo que el otro tiene…”

Ya Freud va a vincular el narcisismo con la envidia, renuncia que la socialización hace inevitable; pero también sabemos por Freud que la líbido no termina por abandonar nunca ese lugar de satisfacción y que el reducto de omnipotencia seguirá allí, más o menos reprimido.

El obstáculo es que en tanto que la envidia es difícil de esconder, el narcisismo camina siempre en riesgo de ser atravesado por la vergüenza del no ocultamiento, y además es un pecado bastante rechazado y detestable. De otros pecados, incluso uno puede jactarse; por ejemplo de los celos por amar en exceso, pero de la envidia no.

Aristóteles, en la Retórica, platea las condiciones para ser envidiado: “Se sentirá envidia de quienes son nuestros iguales o así aparecen…”

Si volvemos  a Freud, él va a plantearlo en términos de amor; Freud plantea las condiciones para amar, los requisitos que hacen que el objeto amoroso sea elegido si y solo si los reúne.

Entonces de igual manera que no se ama a cualquiera, tampoco se envidia a cualquiera.

Así pues Narcisismo e Identificación, intentan emparejarse; pero ser como el otro no es ser el otro; por mucho que se empeñe; ¿la salida es pues destruirlo?

¿Cuál sería la salida más allá del asesinato del otro?

Freud es tajante; o los síntomas o la vía de la sublimación. La sublimación, la creación, podría ser una buena vía pacificadora y de aminoración agresiva (para este tema lesrecomiendo la respuesta de Freud a Einstein sobre el porqué de la guerra). Nosotros sabemos que esta sociedad nos lleva a usar la envidia como instrumento de producción; que estamos inmersos en un mercado productor de envidia, que nos empuja a producir sin frenos.

Tan solo volver a recordar a Freud, cuando en el malestar de la cultura dice “… el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infringirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”

 

Termino con una fábula de Oscar Wilde, en donde se habla de la envidia: el diablo encarga a sus demonios que hagan caer en la tentación de la envidia a un ermitaño, del cual se decía que era muy santo. Estos lo intentan con hermosas mujeres, con los más refinados manjares, con cuantiosas fortunas etc… pero el santo hombre no se aparta de sus devociones.

El diablo enfadado toma las riendas y dirigiéndose al ermitaño, le digo al oído: “tu hermano ha sido nombrado obispo de Alejandría”. De inmediato una mueca furiosa de envidia asomó en su rostro.

¿Qué salida nos queda a los que padecemos las envidias de los otros; aquellos que van caminando con mala ARTE y poca TERAPIA? Sigamos nuestro camino y alejémonos; creemos y construyamos allí donde se nos permite, allí donde la tierra es fértil y no olvidemos que en un principio fuimos nómadas; así siempre estaremos preparados parareiniciar la marcha.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El juego. Espacio de elaboración

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.


“El juego, en psicodrama, rompe con las dimensiones corporales y espaciales de la “realidad” grupal. Un juego siempre imaginario, que representa, que revive a los personajes, las escenas y los afectos ausentes.” 

Winnicott, en su concepción del juego, habló sobre esa capacidad de crear un espacio intermedio entre lo que está afuera y lo que está adentro. Ese espacio transicional es uno de los pilares sobre los que se basa el psicodrama al proponer el juego como elemento de exploración, aprendizaje, elaboración de las temáticas conflictivas, etc. Al jugar, el niño crea un espacio intermedio donde puede desplegar su mundo interno e interaccionar con los objetos, lo que le permite elaborar situaciones, aprender, afinar habilidades, etc. 

Freud advirtió también el potencial del juego como medio de elaboración psíquico. En su obra describe cierta observación relacionada con el juego que su nieto hacía con un carretel. A éste juego, Freud le llamo Fort-Da, y está considerado como la matriz del psicodrama. 

El niño tenía 16 meses y prácticamente no hablaba. Cuando su madre se ausentaba, no lloraba. Solía arrojar  lejos de sí todo tipo de objetos emitiendo un sonido prolongado “oooooohhh” al tiempo que sonreía pleno de satisfacción. Un día, Freud descubrió que el niño había construido un juego un poco más elaborado a partir de un carretel que tenía atado un hilo. El juego tenía dos tiempos:

Lo arrojaba desde la cama, gritando ese “ooooohhhhh”, que como afirmaba la familia significaba “fort” (partida-lejos)…

Y luego recogía el hilo y recuperaba el carretel con gran alegría, al tiempo que decía decía “da” (he aquí-acá).  

Este era el juego completo de desaparición y retorno. 

Nosotros consideramos que en el juego del carretel o fort-da descrito por Freud, está condensada la esencia del psicodrama, pues constituye la matriz simbólica sobre la que puede asumirse la pérdida. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el juego del fort-da?

Significa la posibilidad de simbolizar algo. ¿Simbolizar? Sustituir un objeto por otro. El carretel puede ser el equivalente a la madre, pero también de todo aquello que es susceptible de desaparecer, de ser perdido. Freud decía que la vida es un constante duelo y la enfermedad es la forma en que nos defendemos de asumir dichas pérdidas. 

Mediante el juego, el niño puede ir elaborando sus afectos y sus deseos, canalizando una salida a la conflictividad de su mundo interno, una salida simbólica a la realidad que vive. El juego le permite al niño dejar de ser pasivo, le da la oportunidad de tomar parte activa en el proceso de asimilación de los pequeños o grandes traumas que todo desarrollo conlleva. Jugar ofrece la oportunidad de no quedar detenido, de dar salida a lo que no tuvo oportunidad de ser expresado. Es por tanto, un vehículo de expresión. 

Cuando el niño juega a pelear, está simbolizando su impulso agresivo. Cuando juega a cuidar enfermos, desarrolla los afectos compasivos y amorosos con el otro. Todos recordamos esos documentales de la dos a la hora de la siesta donde los cachorros de cualquier especie juegan con sus hermanos a un juego que en realidad es un entrenamiento, un como sí del juego de la vida. El niño juega, y en ese movimiento aprende a vivir. 

En psicodrama elegimos el juego, la dramatización como elemento de cambio, porque da la posibilidad de simbolizar, de poner en palabras y en acción aquello que permanece encerrado, creando conflicto, malestar y síntoma. 

“En el psicodrama hablamos de una verdad trascendente que se halla más allá de lo que es obvio, ya que se trata de la puesta en escena, de manera no solo rememorada, sino también representada, de lo vivido”. 

Hablamos de juego dramático cuando utilizamos la puesta en escena o la dramatización como vía de realización y de re-creación de la propia vida. Se trata de una puesta en acción de lo que se haya detenido, un jugar activo y voluntario con la finalidad de aprender, de crecer. Al movilizar lo que quedó estancado, se da la posibilidad de un movimiento de resolución. 

El psicodrama es una invitación al juego. Un revivir, a través de la escena, algo que sucedió. Y al re-vivirlo, crear una nueva oportunidad de contemplar, ahora desde cierta distancia para poder comprender mejor. Esa distancia es lo necesario, alejarme, para poder acercarme de otra manera. 

Se trata por tanto de dramatizar, para desdramatizar. De poner en escena lo que de otro modo quedaría en el imaginario, y ya sabemos, que es precisamente que es aquello que se imagina lo que nos aterra. En la medida en que podemos acercarnos a aquello que tanto miedo nos daba, que nos atrevemos a quitar la sábana al fantasma, nos damos cuenta de que debajo no hay nada. El psicodrama permite ese acercamiento y esa posibilidad. 

Sin embargo, no todo juego vale. Moreno tuvo la intuición acertada de comprender el potencial del juego, pero su propuesta llevaba a los sujetos a una cierta realidad paralela de la que el psicodrama freudiano se desmarca. Podríamos pensar que podemos jugar a ser dichosos cuando no lo somos, o fantasear con que dijimos lo que en realidad no pudimos decir. Esto estaría bien desde el punto de vista de obtener cierta satisfacción catártica, pero sería crear una realidad que no existió. Es por eso, que en psicodrama freudiano se trabaja con la pérdida, con la falta. No se crean escenas restitutorias donde se transforma el final ni se busca el happy end. No se incita al sujeto a que haga lo que no hizo, sino que se le pregunta acerca de cómo es que no lo pudo hacer. Se trata de poder poner en palabras la dificultad, para ayudar al sujeto a ver qué le limita, y desde ahí, aceptando ciertos límites, poder ir más allá. En definitiva, se trata de simbolizar la pérdida para poderla asumir. 

Asumir lo que no puede ser, para poder abrirse a lo que sí. Como veremos más adelante cuando hablemos de las identificaciones, el psicodrama tratará de romper con las identificaciones alienantes y permitir al sujeto más grados de libertad. Sin embargo, esto solo ocurre al precio de una renuncia, la renuncia que supone dejar de aspirar a ciertas cosas. 

En un grupo con personas que llevan largo tiempo paradas, uno de los participantes cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas y no recibir nunca trabajo. Al desplegar su discurso, recuerda cómo su madre se quejaba constantemente de cómo le iba con su padre. La queja une las dos escenas. Al representar una escena donde él escucha la queja de su madre en relación a su padre ausente, el protagonista toma conciencia de: “Tanto quejarse… ¿por qué no hace nada”… El animador le señala el lapsus… “por qué no hace nada”… en todo caso sería… “¿Por qué no hace algo?”. Esa puntuación le lleva a darse cuenta de cómo él tampoco hace nada… En realidad, se pasa el día en casa, buscando por internet ofertas de trabajo… Termina dándose cuenta de cómo a renuncia  a la comodidad es una de las maneras de salir del atolladero en el que se encuentra (lo mismo que tenía atrapada a su madre). 

En ésta viñeta observamos, varios aspectos importantes de la forma en que procede el psicodrama freudiano. Por un lado, cómo una escena (la actual, donde el protagonista cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas) da lugar a otra escena (la familiar); el trabajo con la escena familiar permite tomar conciencia de una repetición y abre la posibilidad a una opción nueva, pero al precio de una renuncia. Por otro lado, observamos cómo el lapsus que comete el paciente sirve para acceder a otra realidad diferente que hace virar el discurso del paciente. En ese descarrilamiento, se despliega otra realidad donde el sujeto ya no es víctima, sino responsable de lo que le sucede. Del lapsus y otras manifestaciones del inconsciente, y debido a que son elementos esenciales en el psicodrama freudiano, hablaremos cuando pongamos atención en el discurso.

Como en el carretel de Freud, el juego permite un retorno, una escena pasada, un revivir lo que allí ocurrió y poner en el presente lo olvidado. Pero ese retorno nunca es el esperado. La escena trae consigo novedades, porque el recuerdo siempre es diferente, porque al contarlo, el animador cuestiona el discurso y lo abre a otros lugares, porque los protagonistas nunca se comportan tal cual sucedió en ese otro momento en el que el recuerdo quedó congelado, porque lo que se dice mueve siempre el punto de vista, etc. La escena se guardó de forma subjetiva, de manera que al contarse y vivirse otra vez, algo novedoso vendrá a un primer plano. Algo que sin duda aportará información importante. 

En el proceso de dramatización que promueve el juego, algo deja de ser interno, para ser externo y observable, deja de ser imagen mental para ser palabra o acción. O mejor dicho, pasa de lo interno, a ese lugar que tampoco externo, que tampoco es la realidad, sino un intermedio que se despliega en el acto de jugar. Ese proceso de exteriorización es lo que conocemos como el paso desde lo imaginario a lo simbólico. Un ejemplo claro de esto lo vivimos constantemente: Todos hemos vivido cómo da vueltas un pensamiento sobre algo que nos ocurrió con otra persona, cómo quedamos martirizados por ese ruido mental por no asumir la responsabilidad de reconocer ante ese otro el punto en el que nos quedamos parados (por vergüenza, por miedo a escuchar lo que tememos, etc.). Ese dar vueltas imaginario lleva a crear teorías, a desplegar temores y fantasmas, etc. Si tenemos la oportunidad de hablar lo que sucedió con esa otra persona, aquello que imaginamos queda confrontado y todo el humo mental creado en torno al suceso queda despejado por una nueva realidad, por mala que sea. Hablar las cosas, ponerlas en palabras, y en definitiva, simbolizarlas, es la puerta de salida para el atrapamiento imaginario. 

Vemos de nuevo cómo el cambio se produce por efecto del duelo, pues atreverse a perder aquello que se protegía a través del a vergüenza o el miedo es la puerta para cierta liberación del encadenamiento imaginario. El atrevimiento a plantear lo sucedido tiene que ver con la capacidad de pérdida. 

Sin ir más lejos… ustedes tendrán preguntas… ¿por qué no las formulan? Unos no lo harán porque piensan que sus preguntas son absurdas. Otros creen que molestarán al plantear lo que creen que los demás saben. La pregunta queda en el imaginario, sin responder. Pero alguien corre el riesgo y plantea la cuestión. En ese momento, lo imaginario se rompe y las palabras abren la posibilidad de conocer algo nuevo, algo que hubiera quedado velado de no ser por el atrevimiento. El riesgo, la capacidad para asimilar la falta y asumir que hay algo que no se entiende, es lo que abre la posibilidad de entenderlo. Aquí vemos de nuevo un ejemplo de cómo es sobre duelo sobre lo que siempre se está trabajando.