Aula de psicodrama

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sábado, 1 de marzo de 2014

Speculum cabalga de nuevo.

Carlos García Requena

Director de Speculum.

 

Como dijo el poeta, Caminante son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino se hace camino al andar. Golpe a golpe, verso a verso palabra a palabra, diría yo, pues ya hace cuatro números que Speculum empezó a rodar y, desde entonces, un sinfín de experiencias han recorrido paralelas a éste devenir. Palabras enhebradas, discursos vivos y plurales se han cruzado en éste camino que paso a paso hemos ido recorriendo.  

En el presente número recojo, junto con mis compañeros Sibi Domínguez, Paqui Alcaraz, Pilar Vivo y Alberto Colomer, el testigo dejado por Enrique Cortés para continuar con esta labor de transmisión que ocupa nuestro deseo, una labor de la que, en cualquier caso, él sigue formando parte como trabajador incansable a la sombra. Somos ahora nosotros, pero antes han sido otros los que han participado en distintas partes del proceso. A todos os doy las gracias.

A mis compañeros, por las largas sesiones de trabajo y las horas de sueño robadas para dar forma a nuestra creación. Hemos trabajado mucho, pero la sonrisa que se dibuja en vuestras caras cada vez que sacamos un nuevo ejemplar al mundo hace que merezca la pena.

A nuestros colaboradores y articulistas, por regalarnos el fruto de su experiencia. Porque transmitir lo que en algún momento fue recibido, es sin duda un acto de generosidad y de amor que supone compartir y hacer de todos aquello que se conoce.  Vuestra contribución, como una huella en nuestro. espejo, es imprescindible para que podamos seguir haciendo llegar miradas diferentes a aquellos que buscan en nuestras páginas.

Gracias también a ti, estimado lector, por asomarte a Speculum y contribuir a la expansión de un espacio que ha sido concebido desde el principio como un crisol donde diferentes discursos relativos a lo grupal en general y al psicodrama en particular, puedan convivir; un lugar donde aquellos que dirigen la mirada al sujeto desde lo colectivo puedan encontrarse y hacer eco de una experiencia compartida. En eso estamos.

El número 4 de Speculum, que en realidad es el 5º, tuvo aires corporales cuando fue concebido, pero como ya sabemos que el grupo selecciona unas propuestas y desecha otras, nos hemos rendido a una evidencia clara: que nuestros colaboradores querían hablar de otras cosas. Así que éste número está salpicado con aires de diversas temáticas que se despliegan desde la teoría a la clínica, como eco o reflexión aledaña al tema de lo grupal. Es un número, de nuevo, muy experiencial, donde cada cual nos cuenta su forma de concebir y trabajar con grupos, así como sus reflexiones y estudios. Lo corporal está presente, pero quedará para otro momento el hacer de Speculum cuerpo. Queda prometido y pendiente.

Más allá de admitir que mi deseo inicial quedó frustrado, tengo que pasar a reconocer que el resultante del impulso colectivo me gusta, y mucho. Y lo hace porque, en conjunto, expresa con fuerza cómo la agrupación es una de las salidas al malestar que aqueja al sujeto, porque propone el grupo y el juego como elementos necesarios para poder mover los órdenes establecidos y generar nuevas formas de entender que sirvan para iluminar en la medida de lo posible la oscuridad de estos tiempos aciagos donde el sujeto marchita en soledad.

Sin más dilación, paso a presentarlo:

Como siempre, la sección de antecedentes abre las puertas de Speculum. En ésta ocasión lo hace de la mano de Sibi Domínguezquien nos acerca a la figura de W. R. Bion como uno de los referentes que contribuyeron a dotar los fenómenos grupales de una teoría basada en los conceptos psicoanalíticos elaborados por S. Freud y M. Klein. Es sin duda, una enriquecedora síntesis de conceptos que han servido de forma inestimable a la concepción de los grupos.

Desde el otro lado del charco, los ensayos colombianos abren la sección de teoría recogiendo un total de 5 artículos donde diferentes autores dan cuenta de aspectos relacionados con la práctica y la teórica psicodramáticaCamilo Arias encabeza la serie con su trabajo sobre la identificación en psicodrama y sobre cómo, en el “entre” grupal se produce un entre-cruzamiento de pedazos de subjetividad de cada cual que terminan por crear algo novedoso que va más allá del lo individual; algo de lo que, finalmente, se pueden servir todos.  Andrés Herrera bucea en los caminos paralelos del psicoanálisis y del psicodrama, caminos que se entretejen enriqueciéndose al precio de múltiples controversias. Pese a las reticencias de ciertos ámbitos psicoanalíticos ortodoxos que no terminan de reconocer al psicodrama (freudiano o psicoanalítico) dentro de las corrientes psicoanalíticasAndrés nos cuenta por qué ambos enfoques pueden ser complementarios pues suponen dos formas diferentes de acceso a la subjetividad. Cabe pues ir definiendo un campo teórico psicodramático de corte psicoanalítico que guíe la práctica y contemple como ejes formativos la experiencia propia, el aprendizaje de conceptos y la supervisión. Claudia Helena, concibe el proceso de formaciónpsicodramática como algo en gestación, siempre inacabado, donde más allá del saber que petrifica, un Psicodramatista debe estar abierto a lo sorpresivo que emerge constantemente como un saber inéditoDesde ahí, nos cuenta cómo, a partir de experiencias en la coordinación de grupos, tanto en España como en Colombia, y de la mano de su propio análisis, se hace preguntas sobre sí misma y sobre cómo situarse en el lugar de coordinador de grupos. Preguntas que si bien se abren desde el lugar de “supuesto saber” que del animador, terminan irremediablemente por implicarla sí misma: ¿qué lugar ocupo?

Sandra Milena nos cuenta también retales de su experiencia entretejidos en torno al acto psicodramático donde la palabra y la acción vienen a simbolizar pasajes imaginarios. En psicodramaal igual que en la creación literaria, se establece la posibilidad de materializar lo que es interno y a veces desconocido. Se trata por tanto de un acto de creación en el que el sujeto se contempla a sí mismo. Termina su escrito como en realidad empezó su idea, contándonos la historia de un personaje que renunció a mirarse en el espejo. Un sujeto cuya identidad queda suspendida y dependiente del reflejo que encuentra en el otro.

Cuando uno se encuentra en un momento de concluir, todo se precipita a la conclusión “. Así comienza Felipe Acosta un escrito que versa sobre las condiciones necesarias para que se pueda darel momento en que el sujeto concluye y precipita un acto. Un momento siempre incierto pues ningún resultado se sabe ni queda garantizado hasta que sucede. Mientras tanto, es la mirada es un primer tiempo que pone en marcha el proceso, que guía al sujeto a la hora de obtener información que le sirva para comprender y finalmente desemboque en el momento del cambio, del acto, de aquello que tiene por finalidad la conclusión de un ciclo de repetición.

Beatriz Martínez, Elisa Buendía y Enrique Cortés nos presentan en Speculum su participación en el Congreso Internacional de Intervención Psicosocial, Arte Social y Arte-terapia que se llevó a cabo en Archena (2012) bajo el título “De la creatividad al vínculo social”. En ella plantean cómo la matriz creadora se construye en los juegos de infancia y en la frondosa producción imaginativa del adolescente. Entonces, ¿por qué dejamos de jugar? Una pregunta que conecta en seguida con el malestar de la cultura.

Tras destacar cómo lo grupal (la agrupación) es una de las alternativas a ese malestar y hacernos la pregunta de ¿por qué trabajar en grupo?, los autores nos plantean cómo los principios del psicodrama podrían servir para crear un nuevo orden social. ¿Qué pasaría si pudiésemos dar voz a las pulsiones reprimidas que originan el impulso destructivo? ¿Cómo podría transformarse ese impulso en otro tipo de fuerza que estuviese orientada a construir otro tipo de orden?

Hay preguntas que no pueden responderse en solitario, hay respuestas que no pueden alcanzar el estatus de voz cuando sus sonidos están disgregados. L´union fait la force, o dicho de otra manera, la agrupación trasciende las posibilidades del sujeto.

En éste mismo sentido de cómo la colectividad permite alcanzar otros registrosSergé Gaude noshabla del efecto de apertura de la escena privada al espacio público, un movimiento donde lo secretocambia de estatus y puede ser revelado. Si en el psicodrama el yo auxiliar será el otro de la escena, el público cumplirá función de tercero en la relación. Al representar, lo propio produce resonancia en la colectividad que asiste y participa en la presentificación de la escena y gracias a ello, que el sujeto puede conocer de sí otras versiones. Se trata entonces de un intercambio entre lo interno y lo externo,entre lo privado y lo público, tal y como Serge titula su escrito. Un intercambio donde las estructuras cristalizadas pueden quedar jaqueadas por los reflejos colectivos.

En éste número, yo mismo he decidido hablar del fenómeno de la transferencia y de cómo se despliega de diferente manera en los encuadres grupal e individual. Desfiladeros de lo imposible habla de un amor caducado que busca ser reeditado constantemente en la relación con el otro, repitiendo una y otra vez la misma intención de restañar lo fracasado. Partiendo del concepto en sí, iremos desgranando algunos mitos y arribando poco a poco a cómo se juega, concretamente en psicodrama, el desplegamiento de lo transferencial.

Como comienzo de la sección clínicaEnrique Cortés nos habla del cuerpo. Un cuerpo que se construye, pues no se nace con él. El cuerpo-carne (lo biológico) nos es dado, pero el yo corporal se va construyendo a medida que la historia del sujeto lo va envolviendo de imágenes de significados. El cuerpo está habitado por personajes, por discursos provenientes del otro que se han quedado pegados como parte de la identidad; pero al mismo tiempo alienan al sujeto. Tras un recorrido por el desarrollo de esa construcción donde lo biológico es subjetivado, Enrique nos habla del valor que tiene lo corporal en el encuadre terapéutico y cómo es posible desplegarlo. Los destinos del cuerpo no son anecdóticos, por eso depende de nuestra capacidad y calidad de escucha poder revertir algunos de sus designiosNos habla también del síntoma como el goce encapsulado, de manera que gracias al trabajo psicoterapéutico (en nuestro caso psicodramático), ese goce encapsulado se puede llegar a la palabra, quedando desplazado del campo de lo perdido, al campo de lo posible: el deseo.

También del cuerpo y su imagen nos habla Elina Matoso, quien se vale precisamente del trabajo con máscaras como dispositivo de interrogación sobre la identidad. La máscara permite el desplegamiento de lo silenciado, ofrece la posibilidad de atravesar la dualidad, la ambigüedad, la pérdida de la unidad de sentido y el desenmascaramiento de certezas que sólo vienen al lugar del engaño. Elina se plantea preguntas que a lo largo de años de trabajo ha ido tratando de responderse: ¿es posible vivir sin máscaras?, ¿es el cuerpo un territorio que está poblado de ellas?, ¿hay una máscara grupal?

Todos sabemos que existe también una “palabra máscara”, una palabra vacía que más que a desvelar, está destinada a velar la verdad o a esquivarla. Con un aporte fresco y humorísticoAlberto Colomernos lleva a la cuestión de cómo, a través del psicodrama ha podido comprender ciertos conceptos psicoanalíticos. Uno de los míos es, en cierta manera una demanda, un llamamiento donde se invita a los sesudos psicoanalistas a que dejen el discurso endogámico para ofrecer al mundo una versión más accesible y menos contradictoria donde los ejemplos sustituyan a los giros onanistas de la palabra. “Los psicoanalistas no escriben, sueñan. Si el sueño tiene que ver con la realización de un deseo insatisfecho,… los psicoanalistas tienen multitud de deseos insatisfechos que se empeñan en sublimar una y otra vez a través de sus escritos”.

Como el sueño, el inconsciente no tiene tiempo. Está suspendido y se pliega. Ana Guardiola nos regala una reflexión sobre el tiempo en el psicodrama, donde experiencias pasadas y presentes se entrecruzan en el vértice del afecto. Nos habla de cómo en la sesión psicodramática, el tiempo corre de otra manera y el encuadre grupal precipita los momentos para ver, comprender y resolver, adquiriendo otro ritmo. Un ritmo lógico, que no cronológico.

Y sin embargo, aunque sea relativo, el tiempo no deja de pasar… y lo ausente crea el recuerdo…recuerdos…

Carta para Aliou es uno de esos que te hacen sentir bien. Es un guiño que viene a recordarnos cómo la intervención social puede realizarse desde enfoques creativos y flexibles, cómo a partir de un elemento común puede crearse una matriz grupal que sirva a los sujetos para elaborar sus propias experiencias. Paqui Alcaraz escribe a Aliou y en sus letras revive por un momento las huellas de una experiencia compartida que quedó en el corazón de todos. Una experiencia de integración en la que jóvenes inmigrantes pudieron hacer un alto en su camino para poder despedirse de aquello que dejaban atrás. La carta es en realidad la muestra de un viaje, algunas veces de ida y vuelta, pero como todos sabemos, tras los viajes, uno nunca vuelve de la misma manera ni al mismo lugar.  

También Elisa Buendía nos habla de su experiencia grupal y nos cuenta cómo la palabra puede realizar aperturas allí donde el fármaco coagula y anula al síntoma. “La palabra como medicina” nos cuenta la experiencia con un grupo de mujeres híper-frecuentadoras de servicios de salud mental donde pudo comprobarse cómo la palabra tiene un efecto sobre el sujeto. Pero como ella misma señala, “para poder hablar, tiene que haber otro que escuche”. Felicito a Elisa por el atrevimiento a plantear un discurso alternativo, por la motivación necesaria para llevarlo a cabo y el deseo de sentarse a escuchar. La animo desde aquí a seguir creando espacios donde personas se puedan encontrar con personas, espacios donde la palabra y la escucha sirvan para tejer lazos entre personas. Porque el vínculo es lo curativo (“Never walk alone”).

Y hablando de escucha… Teresa Hermida nos hace una lectura entre líneas del discurso de poeta Caballero Roldán, desdoblando el sentido de las palabras y acercándolas a su experiencia con el psicodrama freudiano. Lo que ella escribe como fruto de una fantasía es un ejemplo de cómo la escucha puede llevarnos a sentidos diversos. “La palabra es un antídoto contra los desahucios de la razónEn cualquier caso, una hermosa fantasía que abre la sección de ecos.

En psicodrama, los ecos suceden a la representación. Se trata del momento en que el efecto resonante se propaga y los inconscientes vibran dejando a su paso nuevos significantes.

También se produce eco cuando lo comprendido tiene el poder de ser exportado a otras situaciones cotidianas. Cuando lo vivido como cambio interno puede desplegarse externamente produciendo nuevos ordenes. Es precisamente eso lo que se pone en juego en el siguiente artículo.

La experiencia con grupos de humanos que nos regala Paqui García es el curso de dos ríos paralelos que se entrecruzan en la danza amorosa de la transformación. Un torrente que se despliega a partir de las preguntas generadas por el juego psicodramático; preguntas que vienen a evitar que la puerta se cierre de nuevo y suspenden a Paqui en la pista de las armonías tramposas: ¿Para qué me empeño en seguir aquí?  Ese giro en la mirada, hacia sí misma, le permite responder a la pregunta en torno a su deseo: el deseo de ocupar el lugar del coordinador. Y desde ahí comienza la aventura de ¿cómo ocupar ese lugar? Vivirlo bien implica un reencuentro con la falta. Hasta aquí puedo leer…

Alrededores es un espacio que abre Cesar Cerón al hablar de la fotografía como herramienta terapéutica. Como él mismo dice, Una fotografía es una evidencia de que algo existió. Un instante en suspenso… un mensaje del inconsciente”. La fotografía hace visibles aquellos aspectos que los sujetos no podemos ver de ordinario. Aunque en realidad se trate de un objeto mudo, cuando observamos una imagen, le asignamos un significado subjetivo por efecto de resonancia, completando la información que falta con la propia. En esa capacidad que la imagen ofrece como receptáculo de la subjetividad proyectada del sujeto es donde la fototerapia se edifica como un medio de comunicación, expresión y reflexión que conecta bidireccionalmente lo interno y lo externo del sujeto.  

No quiero dejar de mencionar que gracias a Pilar Vivo, Edgar Mendoza y Mikel Muñoz Gotxon, nuestra revista cobra vida en imágenes. Y lo hace de una manera bella, con ese sello que tienen los grandes artistas para captar la esencia de las cosas. Las obras que salpican las páginas de Speculum son un regalo para nosotros porque conocemos quienes las construyeron, porque sabemos qué valor tienen. Es por eso que desde aquí, animamos a nuestros lectores a acercarse a éstos autores para descubrir sus creaciones. Edgar, Pilar, Mikel… esperamos seguir contando con vuestrascolaboraciones durante mucho tiempo. Muchas gracias.

Como siempre, cerramos el número con reseñas de interesantes libros, con un recordatorio de los eventos futuros relacionados con el psicodrama y los grupos, y con un índice temático que nos servirá para movernos con más soltura dentro de la obra.

Querido lector, sin otro particular que abrirte las puertas de éste nuevo número de Speculum, sólo me queda desearte una grata lectura: ¡Bon appétit!

Carlos García Requena.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Psicodrama y psicoanálisis

Por Enrique Cortés

Entre el psicoanálisis y el psicodrama todo es diferente por causa de la mirada.

La mirada del otro precipita mi discurso, el tiempo de comprender se acelera en el psicodrama, ya que la mirada del otro me sirve de referencia. La mirada en psicodrama nos lleva a la identificación; del  “yo soy como él” al “yo soy en tanto diferente a él”. Y esto ocupa el primer plano en psicodrama, es decir, mi diferencia y mi singularidad como sujeto en relación al otro, en definitiva la conciencia de mi deseo. Lo que me hace diferente del otro.
En el psicoanálisis, el silencio sin respuesta del analista remiten al sujeto a un tiempo y un espacio diferentes de los del psicodrama. Se intenta con ello llevar al analizante al lugar vacío de su deseo. En el análisis es por esta razón que no se accede a las demandas.
En el psicodrama lo que interesa es el rol, no es tanto el deseo sino la implicación, el cómo uno se esfuerza por anticipar-se a lo que el otro piensa, aquí, de nuevo,  juega un papel muy importante la mirada.
A) la mirada.- ella va a precipitar el tiempo de comprender y el momento de concluir (instante de ver). Ante la incógnita de cómo soy visto por el otro la salida es anticipándose a lo que el otro piensa. Solo se necesita un instante de mirada y un momento de intuición para comprender. Al igual que en los tres prisioneros, ante la presencia de la mirada del otro no se dispone de todo el tiempo necesario para reflexionar y vencerá el que concluya más rápidamente.
B) el discurso.- esta misma urgencia, hace que el discurso no sea igual que en el individual. Entre los participantes se establece un discurso común, de este modo, a uno que habló, otro participante le responde, bien con un sueño, bien con otras palabras... aquí entra en escena el juego, ya que mediante el mostramos de que se habla en realidad, al mismo tiempo que se relanzan las identificaciones, pero paradójicamente a lo esperado, en ese momento el yo auxiliar no obedece a las consignas y modifica los elementos del problema, encontrando en este cambio la respuesta más correcta.
Después del juego, la identificación de los testigos con los actores viene a suplir la del yo auxiliar. Ahora son ellos los que muestran las múltiples facetas de lo que han visto y sentido, y quienes ponen en circulación los significantes de las identificaciones en cuestión. Siendo estos significantes quienes ocupan el lugar que en el análisis poseen los significantes de la interpretación del analista.
C) la transferencia.- con lo cual no nos puede sorprender que tampoco en el psicodrama la transferencia sea la misma que en el psicoanálisis. En el análisis al que se le supone un saber es al analista, en el psicodrama, si bien es verdad que al animador se le supone un saber, este lo ejerce a nivel de la escucha grupal; pero además ese saber pasará a estar en manos del yo auxiliar, en la representación y finalmente después del juego son los propios participantes quienes señalan el atributo y los significantes que lo sostienen.
 Podemos concluir que el animador está menos catectizado que el analista y que por hallarse expuesto a la mirada, el animador pierde la iniciativa de la palabra y el que lo ve puede anticipar su propia aserción.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Demanda y necesidad

Por Carlos García Requena. Psicólogos. Psicodramartista.

A menudo, demanda y necesidad social se usan indistintamente, y de ese uso indiscriminado surge una confusión. En la medida en que podamos diferenciar qué hay de cada cosa en el discurso del paciente/usuario, podremos llevar a cabo una adecuada intervención. 
La necesidad tiene que ver con una carencia del orden de lo fisiológico, de lo vital. Una necesidad puede y debe ser satisfecha porque están en juego órdenes muy básicos donde la supervivencia adquiere primer plano. 
Sin embargo, no todo lo que se pide se necesita. 
La demanda es una expresión verbal que se basa en una creencia, en una hipótesis  sobre lo que cada individuo imagina que mejorará su situación de malestar, y tiene que ver con la huella de las propias experiencias de satisfacción que fueron vividas por el sujeto. Se trata, en todo momento, de “lo que yo creo que necesito”, y en eso, hay una parte de realidad y una parte imaginaria que bebe de la historia del sujeto y tiene que ver con el deseo. 
Un sujeto dependiente cree que la solución a su malestar es recibir una ayuda económica y eso es lo que demanda. ¿Es eso en realidad lo que necesita? No nos engañemos, posiblemente también necesite dinero, pero: ¿es el dinero lo único que puede satisfacer su malestar? ¿Por qué no el hecho de recibir asistencia de alguien que le ayude a realizar ciertas funciones? ¿Por qué no un curso de adiestramiento en la prestación de cuidados para algún familiar?  Son sólo ejemplos… 
Como vemos, separar aquí la necesidad de la demanda marca el camino de la intervención. Darle al individuo lo que cree que necesita no siempre es el camino. 
En un sentido estricto, la demanda nunca es exactamente de lo que se dice porque tiene que ver con el deseo, con lo que uno ha imaginado que necesita. Si la demanda es la vía de expresión del deseo, y ya sabemos que el deseo siempre estará insatisfecho, satisfacer la demanda nos puede llevar a un bucle infinito.
No significa esto que lo que piden los usuarios no lo necesiten, sino que dentro de lo que piden, hay que diferenciar muy bien lo que es necesario satisfacer (o ayudar a satisfacer), de aquello que se queda por fuera de la necesidad y atiende más bien al deseo (pues este es responsabilidad de cada cual). Reconocer esa diferencia es la base de una intervención eficaz.  
Ya tenemos clara una cosa… es preciso ayudar al sujeto a satisfacer su necesidad. 
Pero, ¿qué hacemos con ese resto que queda fuera, con aquello del orden del deseo que es expresado en la demanda?... 
Si le damos al usuario lo que demanda, el circuito se cierra y el individuo ya no se pregunta más. Satisfacer aniquila el deseo, y si el deseo muere, el individuo deja de moverse. ¿Cómo favorecer que el sujeto siga moviéndose en su particular búsqueda, cada vez más autónoma, de bienestar?
Resaltamos la posibilidad de no atender directamente la demanda, o hacerlo sólo parcialmente. Se trata de no cercenar esa energía que se pone en marcha cuando uno necesita (cosa que haría la satisfacción completa de la demanda), sino alentar que siga activa y lleve al sujeto a preguntarse más allá de la posición pasiva del “deme usted lo que yo necesito” (posición que por cierto, siempre es infantil-dependiente). En definitiva, se trata de trabajar con la demanda para darle la vuelta, de transformar una petición al otro en una pregunta que atañe a uno mismo. Se dice que “allí donde la demanda exige una respuesta, hay que instalar una interrogación”. Pero esto, sólo solo es posible en un contexto que permita la elaboración. 
Una de las posibilidades pasa por una propuesta de participación en un grupo como los que planteamos, donde varias personas aquejadas de problemáticas similares o diferentes, comparten lo que les pasa. Como ya vimos anteriormente, el grupo es un lugar privilegiado, pues permite el descentramiento del discurso en el que el sujeto se halla inmerso y facilita una apertura resultado del contacto con otras maneras de pensar, sentir y vivir. 
En esa apertura de la demanda al grupo, ésta ya no se despliega en una sola dirección. Las preguntas lanzadas por unos son respondidas por otros, de manera que el trabajador social puede dejar por un momento de ocupar ese lugar de demandado para acompañar en ese proceso de construcción de lazos que, en muchas ocasiones, permiten crear redes de ayuda. 
En el grupo, se relanza el discurso anclado en una demanda fija, hacia otro lugar. Si al principio, uno viene pidiendo dinero, al final, acaba siempre hablando de otras cosas. Y en ese “hablar de otras cosas”, el sujeto empieza a desplegar su mundo interno en el que nos vamos encontrando con claves que serán indicadores de cómo ha llegado a verse donde está (y por lo tanto, también claves para su salida). 
Una viñeta clínica vendrá a ilustrar algunas de las cosas señaladas hasta ahora en relación a una demanda que, como ya hemos dicho, contiene siempre algo que no corresponde con la actualidad, se trata de una demanda infantil. 
En un grupo de psicoterapia, un paciente con minusvalía física leve se queja porque administrativamente no le conceden cierto grado que implicaría una pensión mayor. Durante varias sesiones, el paciente se instaló en la queja acerca del sistema, en una posición pasiva que demandaba insistentemente la participación de un otro.  En una de las sesiones de psicodrama, ocurre algo que cambia de dirección su discurso. En plena queja sobre una situación vivida en el despacho de un trabajador social con el que ha discutido porque no le daba lo que pedía, aparece el recuerdo de una escena infantil donde siente lo mismo. En esa escena, que recuerda como muy antigua, él se ha caído y se ha hecho una herida. Llora y reclama la atención de la madre que, ocupada en otras cosas, no puede atenderle debidamente. La escena se dramatiza, y en el trascurso de la misma, el protagonista verbaliza: “¡préstame atención!”, “¡mírame, me he hecho daño!”. Al destaparse y jugar ésta escena, el paciente conecta con ese sentimiento de desatención que relaciona con la situación actual. El grupo le señala la exigencia con que lo pide, y esto le permite conectarse con la escena actual, donde exige al técnico satisfacción. Más allá de esto, identifica la ocupación de la madre con la cantidad de casos que el trabajador social tiene que atender, y eso le lleva a tomar conciencia de que por más que insista, hay un límite a su demanda. ¿Qué le queda entonces?... la pregunta que se abre a continuación tiene que ver consigo mismo: ¿qué puedo hacer yo?... esta pregunta cambia la dirección de la mirada y posibilita la apertura del discurso a un campo nuevo donde la responsabilidad de lo propio es la puerta de salida. 
En el pedir, siempre hay un grado de dependencia. Y no olvidemos que si el objetivo de la intervención es ayudar a que los sujetos sean cada vez más autónomos, no solamente se trata de darles, sino de que tomen conciencia de cómo pueden hacer para autosatisfacerse. Eso implica poder tomar conciencia de cómo contribuyen a su estado y elaborar maneras de hacerse cargo de sí mismos (a veces, al precio de ciertas renuncias). 
De esto, fundamentalmente, es de lo que trata el psicodrama freudiano, de la elaboración de un duelo por lo que no puede ser y el relanzamiento hacia lo que sí. 

El juego. Espacio de elaboración

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.


“El juego, en psicodrama, rompe con las dimensiones corporales y espaciales de la “realidad” grupal. Un juego siempre imaginario, que representa, que revive a los personajes, las escenas y los afectos ausentes.” 

Winnicott, en su concepción del juego, habló sobre esa capacidad de crear un espacio intermedio entre lo que está afuera y lo que está adentro. Ese espacio transicional es uno de los pilares sobre los que se basa el psicodrama al proponer el juego como elemento de exploración, aprendizaje, elaboración de las temáticas conflictivas, etc. Al jugar, el niño crea un espacio intermedio donde puede desplegar su mundo interno e interaccionar con los objetos, lo que le permite elaborar situaciones, aprender, afinar habilidades, etc. 

Freud advirtió también el potencial del juego como medio de elaboración psíquico. En su obra describe cierta observación relacionada con el juego que su nieto hacía con un carretel. A éste juego, Freud le llamo Fort-Da, y está considerado como la matriz del psicodrama. 

El niño tenía 16 meses y prácticamente no hablaba. Cuando su madre se ausentaba, no lloraba. Solía arrojar  lejos de sí todo tipo de objetos emitiendo un sonido prolongado “oooooohhh” al tiempo que sonreía pleno de satisfacción. Un día, Freud descubrió que el niño había construido un juego un poco más elaborado a partir de un carretel que tenía atado un hilo. El juego tenía dos tiempos:

Lo arrojaba desde la cama, gritando ese “ooooohhhhh”, que como afirmaba la familia significaba “fort” (partida-lejos)…

Y luego recogía el hilo y recuperaba el carretel con gran alegría, al tiempo que decía decía “da” (he aquí-acá).  

Este era el juego completo de desaparición y retorno. 

Nosotros consideramos que en el juego del carretel o fort-da descrito por Freud, está condensada la esencia del psicodrama, pues constituye la matriz simbólica sobre la que puede asumirse la pérdida. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el juego del fort-da?

Significa la posibilidad de simbolizar algo. ¿Simbolizar? Sustituir un objeto por otro. El carretel puede ser el equivalente a la madre, pero también de todo aquello que es susceptible de desaparecer, de ser perdido. Freud decía que la vida es un constante duelo y la enfermedad es la forma en que nos defendemos de asumir dichas pérdidas. 

Mediante el juego, el niño puede ir elaborando sus afectos y sus deseos, canalizando una salida a la conflictividad de su mundo interno, una salida simbólica a la realidad que vive. El juego le permite al niño dejar de ser pasivo, le da la oportunidad de tomar parte activa en el proceso de asimilación de los pequeños o grandes traumas que todo desarrollo conlleva. Jugar ofrece la oportunidad de no quedar detenido, de dar salida a lo que no tuvo oportunidad de ser expresado. Es por tanto, un vehículo de expresión. 

Cuando el niño juega a pelear, está simbolizando su impulso agresivo. Cuando juega a cuidar enfermos, desarrolla los afectos compasivos y amorosos con el otro. Todos recordamos esos documentales de la dos a la hora de la siesta donde los cachorros de cualquier especie juegan con sus hermanos a un juego que en realidad es un entrenamiento, un como sí del juego de la vida. El niño juega, y en ese movimiento aprende a vivir. 

En psicodrama elegimos el juego, la dramatización como elemento de cambio, porque da la posibilidad de simbolizar, de poner en palabras y en acción aquello que permanece encerrado, creando conflicto, malestar y síntoma. 

“En el psicodrama hablamos de una verdad trascendente que se halla más allá de lo que es obvio, ya que se trata de la puesta en escena, de manera no solo rememorada, sino también representada, de lo vivido”. 

Hablamos de juego dramático cuando utilizamos la puesta en escena o la dramatización como vía de realización y de re-creación de la propia vida. Se trata de una puesta en acción de lo que se haya detenido, un jugar activo y voluntario con la finalidad de aprender, de crecer. Al movilizar lo que quedó estancado, se da la posibilidad de un movimiento de resolución. 

El psicodrama es una invitación al juego. Un revivir, a través de la escena, algo que sucedió. Y al re-vivirlo, crear una nueva oportunidad de contemplar, ahora desde cierta distancia para poder comprender mejor. Esa distancia es lo necesario, alejarme, para poder acercarme de otra manera. 

Se trata por tanto de dramatizar, para desdramatizar. De poner en escena lo que de otro modo quedaría en el imaginario, y ya sabemos, que es precisamente que es aquello que se imagina lo que nos aterra. En la medida en que podemos acercarnos a aquello que tanto miedo nos daba, que nos atrevemos a quitar la sábana al fantasma, nos damos cuenta de que debajo no hay nada. El psicodrama permite ese acercamiento y esa posibilidad. 

Sin embargo, no todo juego vale. Moreno tuvo la intuición acertada de comprender el potencial del juego, pero su propuesta llevaba a los sujetos a una cierta realidad paralela de la que el psicodrama freudiano se desmarca. Podríamos pensar que podemos jugar a ser dichosos cuando no lo somos, o fantasear con que dijimos lo que en realidad no pudimos decir. Esto estaría bien desde el punto de vista de obtener cierta satisfacción catártica, pero sería crear una realidad que no existió. Es por eso, que en psicodrama freudiano se trabaja con la pérdida, con la falta. No se crean escenas restitutorias donde se transforma el final ni se busca el happy end. No se incita al sujeto a que haga lo que no hizo, sino que se le pregunta acerca de cómo es que no lo pudo hacer. Se trata de poder poner en palabras la dificultad, para ayudar al sujeto a ver qué le limita, y desde ahí, aceptando ciertos límites, poder ir más allá. En definitiva, se trata de simbolizar la pérdida para poderla asumir. 

Asumir lo que no puede ser, para poder abrirse a lo que sí. Como veremos más adelante cuando hablemos de las identificaciones, el psicodrama tratará de romper con las identificaciones alienantes y permitir al sujeto más grados de libertad. Sin embargo, esto solo ocurre al precio de una renuncia, la renuncia que supone dejar de aspirar a ciertas cosas. 

En un grupo con personas que llevan largo tiempo paradas, uno de los participantes cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas y no recibir nunca trabajo. Al desplegar su discurso, recuerda cómo su madre se quejaba constantemente de cómo le iba con su padre. La queja une las dos escenas. Al representar una escena donde él escucha la queja de su madre en relación a su padre ausente, el protagonista toma conciencia de: “Tanto quejarse… ¿por qué no hace nada”… El animador le señala el lapsus… “por qué no hace nada”… en todo caso sería… “¿Por qué no hace algo?”. Esa puntuación le lleva a darse cuenta de cómo él tampoco hace nada… En realidad, se pasa el día en casa, buscando por internet ofertas de trabajo… Termina dándose cuenta de cómo a renuncia  a la comodidad es una de las maneras de salir del atolladero en el que se encuentra (lo mismo que tenía atrapada a su madre). 

En ésta viñeta observamos, varios aspectos importantes de la forma en que procede el psicodrama freudiano. Por un lado, cómo una escena (la actual, donde el protagonista cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas) da lugar a otra escena (la familiar); el trabajo con la escena familiar permite tomar conciencia de una repetición y abre la posibilidad a una opción nueva, pero al precio de una renuncia. Por otro lado, observamos cómo el lapsus que comete el paciente sirve para acceder a otra realidad diferente que hace virar el discurso del paciente. En ese descarrilamiento, se despliega otra realidad donde el sujeto ya no es víctima, sino responsable de lo que le sucede. Del lapsus y otras manifestaciones del inconsciente, y debido a que son elementos esenciales en el psicodrama freudiano, hablaremos cuando pongamos atención en el discurso.

Como en el carretel de Freud, el juego permite un retorno, una escena pasada, un revivir lo que allí ocurrió y poner en el presente lo olvidado. Pero ese retorno nunca es el esperado. La escena trae consigo novedades, porque el recuerdo siempre es diferente, porque al contarlo, el animador cuestiona el discurso y lo abre a otros lugares, porque los protagonistas nunca se comportan tal cual sucedió en ese otro momento en el que el recuerdo quedó congelado, porque lo que se dice mueve siempre el punto de vista, etc. La escena se guardó de forma subjetiva, de manera que al contarse y vivirse otra vez, algo novedoso vendrá a un primer plano. Algo que sin duda aportará información importante. 

En el proceso de dramatización que promueve el juego, algo deja de ser interno, para ser externo y observable, deja de ser imagen mental para ser palabra o acción. O mejor dicho, pasa de lo interno, a ese lugar que tampoco externo, que tampoco es la realidad, sino un intermedio que se despliega en el acto de jugar. Ese proceso de exteriorización es lo que conocemos como el paso desde lo imaginario a lo simbólico. Un ejemplo claro de esto lo vivimos constantemente: Todos hemos vivido cómo da vueltas un pensamiento sobre algo que nos ocurrió con otra persona, cómo quedamos martirizados por ese ruido mental por no asumir la responsabilidad de reconocer ante ese otro el punto en el que nos quedamos parados (por vergüenza, por miedo a escuchar lo que tememos, etc.). Ese dar vueltas imaginario lleva a crear teorías, a desplegar temores y fantasmas, etc. Si tenemos la oportunidad de hablar lo que sucedió con esa otra persona, aquello que imaginamos queda confrontado y todo el humo mental creado en torno al suceso queda despejado por una nueva realidad, por mala que sea. Hablar las cosas, ponerlas en palabras, y en definitiva, simbolizarlas, es la puerta de salida para el atrapamiento imaginario. 

Vemos de nuevo cómo el cambio se produce por efecto del duelo, pues atreverse a perder aquello que se protegía a través del a vergüenza o el miedo es la puerta para cierta liberación del encadenamiento imaginario. El atrevimiento a plantear lo sucedido tiene que ver con la capacidad de pérdida. 

Sin ir más lejos… ustedes tendrán preguntas… ¿por qué no las formulan? Unos no lo harán porque piensan que sus preguntas son absurdas. Otros creen que molestarán al plantear lo que creen que los demás saben. La pregunta queda en el imaginario, sin responder. Pero alguien corre el riesgo y plantea la cuestión. En ese momento, lo imaginario se rompe y las palabras abren la posibilidad de conocer algo nuevo, algo que hubiera quedado velado de no ser por el atrevimiento. El riesgo, la capacidad para asimilar la falta y asumir que hay algo que no se entiende, es lo que abre la posibilidad de entenderlo. Aquí vemos de nuevo un ejemplo de cómo es sobre duelo sobre lo que siempre se está trabajando.