Aula de psicodrama

Aula de psicodrama
Mostrando entradas con la etiqueta Juego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juego. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de diciembre de 2013

Psicodrama y psicoanálisis

Por Enrique Cortés

Entre el psicoanálisis y el psicodrama todo es diferente por causa de la mirada.

La mirada del otro precipita mi discurso, el tiempo de comprender se acelera en el psicodrama, ya que la mirada del otro me sirve de referencia. La mirada en psicodrama nos lleva a la identificación; del  “yo soy como él” al “yo soy en tanto diferente a él”. Y esto ocupa el primer plano en psicodrama, es decir, mi diferencia y mi singularidad como sujeto en relación al otro, en definitiva la conciencia de mi deseo. Lo que me hace diferente del otro.
En el psicoanálisis, el silencio sin respuesta del analista remiten al sujeto a un tiempo y un espacio diferentes de los del psicodrama. Se intenta con ello llevar al analizante al lugar vacío de su deseo. En el análisis es por esta razón que no se accede a las demandas.
En el psicodrama lo que interesa es el rol, no es tanto el deseo sino la implicación, el cómo uno se esfuerza por anticipar-se a lo que el otro piensa, aquí, de nuevo,  juega un papel muy importante la mirada.
A) la mirada.- ella va a precipitar el tiempo de comprender y el momento de concluir (instante de ver). Ante la incógnita de cómo soy visto por el otro la salida es anticipándose a lo que el otro piensa. Solo se necesita un instante de mirada y un momento de intuición para comprender. Al igual que en los tres prisioneros, ante la presencia de la mirada del otro no se dispone de todo el tiempo necesario para reflexionar y vencerá el que concluya más rápidamente.
B) el discurso.- esta misma urgencia, hace que el discurso no sea igual que en el individual. Entre los participantes se establece un discurso común, de este modo, a uno que habló, otro participante le responde, bien con un sueño, bien con otras palabras... aquí entra en escena el juego, ya que mediante el mostramos de que se habla en realidad, al mismo tiempo que se relanzan las identificaciones, pero paradójicamente a lo esperado, en ese momento el yo auxiliar no obedece a las consignas y modifica los elementos del problema, encontrando en este cambio la respuesta más correcta.
Después del juego, la identificación de los testigos con los actores viene a suplir la del yo auxiliar. Ahora son ellos los que muestran las múltiples facetas de lo que han visto y sentido, y quienes ponen en circulación los significantes de las identificaciones en cuestión. Siendo estos significantes quienes ocupan el lugar que en el análisis poseen los significantes de la interpretación del analista.
C) la transferencia.- con lo cual no nos puede sorprender que tampoco en el psicodrama la transferencia sea la misma que en el psicoanálisis. En el análisis al que se le supone un saber es al analista, en el psicodrama, si bien es verdad que al animador se le supone un saber, este lo ejerce a nivel de la escucha grupal; pero además ese saber pasará a estar en manos del yo auxiliar, en la representación y finalmente después del juego son los propios participantes quienes señalan el atributo y los significantes que lo sostienen.
 Podemos concluir que el animador está menos catectizado que el analista y que por hallarse expuesto a la mirada, el animador pierde la iniciativa de la palabra y el que lo ve puede anticipar su propia aserción.

martes, 10 de diciembre de 2013

¿Por qué el juego?

Por Enrique Cortés

Xavier Guix en uno de sus artículos dice que hubo un tiempo en que no tuvimos duda alguna sobre que éramos aquello que representábamos ser: futbolistas, bomberos, cantantes, toreros, bailarines… Además poseíamos una extraordinaria capacidad para cambiar de personaje en un santiamén.
Luego perdimos la capacidad de sorprendernos y en ese dejar atrás al niño o la niña que fuimos, abandonamos sin darnos cuenta materiales nobles para nuestra autoconstrucción.
Y es también así, sin darnos demasiada cuenta de cómo lo hacemos, como nos vamos volviendo rígidos, incapaces de asumir otro rol que aquel al que nos hemos acostumbrado tanto, que al final nos identificamos sólo con él.

En la vida adulta, cada decisión que tomamos, cada rol que asumimos, acarrea su responsabilidad, cada pérdida es irreparable y nadie nos saca las castañas del fuego. Ese es el vértigo que produce el juego de la vida, y ante tamaña realidad hay quien aprende a aceptar, hay quien se rebela, hay quien se resigna y también hay quien no aguanta demasiado y prefiere hacer regresiones.

El juego de la vida es un misterio, y  no hay engaño más clamoroso que creer que podemos tener la vida bajo control.
García Márquez, nos dice que, la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla; nosotros podemos observar cómo nuestras vidas interiores transcurren en una especie de lucha de fuerzas entre nuestros impulsos, las normas éticas, morales, sociales, la crítica y la conciencia intentando poner orden y equilibrio a nuestra existencia.
El paseo que damos a diario con nosotros mismos nos mete en la eterna lucha de la voluntad por poner en orden nuestros deseos. Jugamos a inventar expectativas y luego vivimos de la insatisfacción de que nada sucede como habíamos pensado.
Nuestra proclama es la siguiente: Vale la pena reivindicar el valor del juego en nuestra vida, como bálsamo contra la rigidez, contra los automatismos y contra la idea de que nuestra personalidad es como una roca, firme y permanente, transformada sólo por el paso de los años y el castigo de los elementos externos. ¿Cómo vamos a poder cambiar, a volvernos más flexibles y a utilizar nuestra creatividad, si no es jugando con nosotros mismos? Sólo existe una verdad: ¡qué somos! En cambio cuando añadimos que somos “eso”, empieza el juego y nos convertimos en jugadores, creadores de experiencias.
El juego permite que nos reinventemos, nos permite fluir y es entonces cuando nos convertirnos en su creador.