Aula de psicodrama

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domingo, 26 de enero de 2014

Yo tengo razón, tu estas equivocado.

Por Enrique Cortes. Psicoanalista. Psicodramatista.

 

El título de este artículo lo saqué de otro que leí en el País Semanal este fin de semana; por lo tanto es copiado.

El auténtico, empezaba diciendo que la mayoría de nosotros creemos que podemos cambiar lo que los demás piensan y que es por esta razón que nos pasamos demasiado tiempo en la vida dándole vueltas a “qué opinan los demás de nosotros”.

Es decir, que nos empeñamos en decir que los demás deberían pensar de diferente manera y que esta es una de las causas de que la humanidad ande siempre a la gresca.

Y esto para qué, sencilla y llanamente para no cuestionarnos a nosotros mismos y eso que imponer nuestras razones en demasiadas ocasiones nos cuesta caro.

Desde nuestro nacimiento hemos ido acumulando opiniones, creencias... que pasan a conformar nuestra identidad y en tanto que alguien nos la cuestiona es que lo sentimos como un ataque hacia nosotros mismos.

El artículo, original, decía que no era sensato confundir lo que pensamos con lo que somos.

“Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias… pero que estas ideas y predilecciones le tengan a uno cautivo o secuestrado es una trampa”.

La pregunta a cómo liberarse del apego a las creencias, no es el problema real, sino la identificación.

A mi modo de ver una buena razón para empezar un análisis es cundo uno se siente amenazado en su identidad; ya que uno suele pensar que el análisis lereforzará en sus identificaciones. Pero en realidad pasa casi lo contrario. Cuando el sujeto se pasa mucho tiempo contando su historia y en revisar su pasado, ello le lleva a verse de otro modo y por lo tanto a analizar sus identificaciones.

Y es que la imagen que uno tiene de sí mismo es ante todo un señuelo que le pone al abrigo de su ser íntimo.

Lo que le acarrea por un lado, que sus pensamientos más íntimos sean descubiertos y por el otro, que los demás no le reconozcan como un semejante, un igual.

Este señuelo, que digámos es imprescindible, se construye atendiendo a dos ejes: uno imaginario y otro simbólico.

En el eje imaginario, el yo se mira y se toma, a si mismo, por la imagen del semejante, del otro.

En el eje simbólico, el sujeto recibe las marcas del reconocimiento del Otro bajo la forma de un significante ideal al que él tiene que conformarse para ser amado.

Es decir, necesitamos, en un principio identificarnos no solo a una imagen sino también a un significante

POR LO TANTO: la identidad del sujeto procede del otro, del otro imaginario y del Otro simbólico. Con esa identidad, el individuo se siente ser alguien.

Pero como decía, no está nada mal que uno vaya perdiendo sus marcas, que se vaya particularizando; aunque demasiadas veces se paga el precio del rechazo social.

Como dice Lacan en su seminario “la identificación”, hay que diferenciar la unidad que unifica de la unidad que diferencia; dicho de otro modo, el rasgoidentificatorio (rasgo unario) es algo que particulariza y no solamente algo que agrupa.

Si bien hablaba de un buen comienzo para analizarse, podemos decir que el final del análisis se caracteriza por un cierto reconocimiento de  mismo, donde el analizante deja de pelear por el reconocimiento de sus pequeñas diferencias; pero no nos engañemos si bien en un principio, pongamos por ejemplo a la entrada en la guardería, hay angustia y no solo de separación sino de sentir la perdida de ser el único ahí donde sus marcas no valen; luego en la etapa adulta y por mucho que escuchemos gritar: “viva las diferencias”; hay un resorte que nos empuja a volver de nuevo precisamente a ese punto de lo idéntico.

Yo propongo dos salidas que deben ir juntas; por un lado ir descifrando las identificaciones, que el sujeto vaya viendo cual es el peso de ellas en su historia particular y la otra es escuchar y aceptar las ideas del los  otros (aceptarlas no significa adoptarlas ni validarlas).

 

miércoles, 15 de enero de 2014

La posición del hijo.

Por Alfonsi Huete. Psicóloga formada en gestalt. Psicoanalista y psicodramatista.

 

Ficha técnica:

Año 2013

Duración: 112 minutos

País: Rumanía

Director: Calim Peter Netzer

Curioso título que nos recuerda la ausencia de una posición propia. El triangulo edípico está aquí totalmente invadido por el deseo de la madre. Esta madre, que al no querer saberse,-sentirse en falta, seguirá dirigiéndose hacia el hijo, en aras de una satisfacción imposible de colmar, en tanto que estructural.

“Postura” se me aparece aquí como una mala imitación de la necesidad profunda de ese hijo de tener una “posición” propia en el triángulo edípico; una posición autónoma, que acepte la castración de no ser “el deseo de mamá”; para lograrlo es inevitable aceptar un duelo, solo así podrá pasarse de este lugar gozoso para el inconsciente y axfisiante para la vida adulta, a una aceptación de los propios límites y los ajenos, una aceptación de la Ley.

Esta película nos ofrece la posibilidad de observar, sentir, los principales elementos de ese pasaje tan fundamental para la estructura psíquica como es el Complejo de Edipo.Ciertamente que para ver esto necesitamos haber incorporado un esquema conceptual  que acaba proporcionándonos la capacidad de transcribir, traducir, lo sentido en palabras, esto es, simbolizarlo.

Como muestra de que distintas lecturas convocan distintas conclusiones, transcribo aquí una sinopsis encontrada en internet.www.sensacine.com/peliculas/pelicula216838, extraído el 15/01/2014:

 La relación entre Cornelia Keneres de 61 años y su hijo Barbu de 32, no es buena. Barbu odia el círculo social de sus padres, un grupo de políticos, hombres de negocios turbios y ex oficiales de la policía secreta. Cornelia tiene razones suficientes para estar molesta: su hijo, a quién ella había invertido su amor,paciencia y espera, ahora puede ver como su separación ha crecido irremediablemente".

Un acontecimiento inesperado, está volviendo todo al revés; Barbu está involucrado en un accidente de coche, y mata a un niño de trece años. Cornelia utiliza todos los medios que tiene a su alcance para salvaguardar a su hijo de la acusación por homicidio, pero Barbu proclama su independencia ingratamente acusando a su madre de que sus esfuerzos están haciendo más mal que bien. Pronto, se da cuenta de que no puede arreglárselas sin la ayuda de su madre. 

Sorprendentemente, Cornelia no logra convencer al único testigo que existe para que cambie su testimonio. Cara a cara con los padres de la víctima, Cornelia no puede llevar a cabo de forma explícita algo tan abstracto como la retirada de su denuncia.
Todo lo que ella puede hacer, con amor maternal y reverberaciones emocionales, es alabar con sinceridad y sin condiciones a Barbu, certificando que su hijo es ahora un niño bueno y que merece otra oportunidad en la vida.

La película es un proyecto de "clase alta" por hablar del tráfico de influencias y de la corrupción en algunas instituciones básicas de la sociedad y sus extensiones a todo el sistema socioeconómico de la Rumanía de hoy.
Se habla con emoción y con humor acerca de la relación tan asfixiante que existe entre una madre y su hijo adulto que es bastante dominador con ella.

 

Me parece que esta comprensión con los “amorosos y comprensibles sentimientos maternos” está, en nuestros días, un tanto desquiciada, esto es, fuera de quicio, sin marco…o quizá sea que el marco en que se enmarca esta afirmación a mí me hace temblar.

Si existe un modelo psíquico detrás de esta afirmación, así como de la enorme idealización de los sentimientos amorosos maternos, yo no conozco otro que el mito cristiano de la” virginidad y divinidad de María y su hijo, Jesucristo.

Un modelo de análisis de la psique que solo tenga en cuenta el amor materno hacia el hijo, sin incluir a un tercer elemento en el contexto, acaba por hacer desaparecer al hijo mismo, incluso diría, a la mujer que da soporte a la madre, devorados todos por el deseo insaciable, insatisfecho de esa función materna.

Otro asunto es quien es la persona responsable de que esta pulsión “amorosa” no tenga límites: ¿la madre?, ¿el hijo?, ¿el padre?

Ciertamente no tengo respuestas para esta pregunta fundamental, excepto la de proclamar que aquel que sufra de esta triada y empiece a preguntarse tiene la potencialidad de encontrar, si no respuestas, otras posiciones para que circule algún deseo más que el aplastante “amor de madre”. Deseos pequeños, cotidianos, propios en cualquier caso, que nos hacen madurar porque inevitablemente al jugarnos nuestro deseo en vez de quedarnos atrapados en el goce de ser el deseo del Otro, nos enfrentaremos a los límites de la realidad, único aprendizaje que nos servirá para encontrarnos con nosotros y con los iguales.

El hijo, ese que no encuentra su posición autónoma, queda reducido a una “postura” o “figura”, a un objeto para la madre. Incapaz de tomar las riendas de su propia vida, solo tiene energía para separarse físicamente del hogar familiar sin encontrar dentro de sí permiso para crear nada más allá de sí mismo, el objeto deseado y perseguido por mamá.

Uno no deja de preguntarse mientras ve la película, ¿dónde está- y estuvo- el padre?

El horror ante la situación que presenta la película, es el lugar desde donde se deja atrapar de nuevo el hijo, por esa madre de la que  cree estar alejándose, sin conciencia de que no hay solución sin un acto de salvación propio que resitúe su propio deseo en el centro de su vida.

El sentirse víctima, a pesar de que en algún momento fue una verdad, será una vuelta más del goce que implica esta “Postura del hijo”, abriendo y reabriendo continuamente las mismas heridas.

Quizá se vislumbra una salida cuando, con enormes dificultad, decide acercarse a ese padre dolorido por la pérdida de su hijo que no se dejará chantajear por la madre del responsable del accidente, pero sí se acerca al autor real del mismo.

Os invito a ver esta estupenda película y a hacer vuestra propia lectura

miércoles, 1 de enero de 2014

Familia y adopción.

Por  Enrique Cortes. Psicoanalista. Psicodramatista. Miembro del AUla de Psicodrama.

Hace ya algunos años tuve la suerte de presenciar una actuación de Lluis Llach; Lluis nos cantó para unas ochenta personas y luego, como no, unas copitas de charla.

En la actuación dijo que habían canciones que hacía tiempo no las cantaba, porque “no tocaba”; pero que visto lo visto estaba volviéndolas a cantar; corrían los años de la mayoría absoluta de Aznar y allí cantamos todos la gallineta.

Hace ya algunos años escribí un artículo, al que bauticé con el nombre de “Familia y adopción”.

Por aquel entonces leía que El Foro de la Familia aseguraba que los niños de parejas gays tenían más problemas psicológicos y sufrían más el fracaso escolar, amén de la relación que sacaban entre sexualidad, promiscuidad y suicidio.

Ayer mismo, leía en un periódico que el Obispo de Segorbe, Casimiro López, decía que el divorcio “express” y el matrimonio gay causan “el aumento de hijos con perturbaciones de su personalidad”

No me queda más remedio que despolvorear el artículo, al igual que Llac la gallineta.

¿Por qué no pensar que el sujeto homosexual, es un sujeto que forma parte de la sociedad y que por lo tanto tienen los mismos derechos, obligaciones y deberes que cualquier otro ciudadano?

Si pensamos que el modelo familiar integrado por una pareja heterosexual, ha dado origen a los psicópatas, los adictos, los violentos, los criminales, tanto niños como adolescentes. También a la homosexualidad, cuestionando la función paterna y materna de manera evidente. Tendremos que creer que no es un modelo sin fisuras ni mucho menos ideal.

¿Cuál es pues la garantía que nos otorga la pareja heterosexual? ¿No sería acaso saludable que nosotros, los heterosexuales nos cuestionáramos nuestra pretendida normalidad para criar hijos, echando una mirada sobre los resultados bastante pobres, de nuestra actuación como padres?

¿Qué tenemos a nuestro alrededor? padres abusadores, violadores, agresivos, violentos, alcohólicos y adictos, madres desafectivizadasabandónicas, agresivas, adictas y alcohólicas etc. De aquí podríamos sacar conclusiones en relación a la cuestión identificatoria. Yo, que soy un pobre aprendiz de diablo, se que a veces uno se identifica con su hermano, tío o demás sucedaneos...y gracias que lo puede hacer.

Estando así las cosas, pasemos al segundo punto, ¿Cómo se explica la adopción? Los niños dados en adopción son niños abandonados por sus padres o por sus madres en la mayoría de los casos; y todo esto ocurre en el seno de una familia heterosexual.

Las funciones paterna y materna no necesitan de los padres biológicos para ejercerse, cualquier sujeto puede hacer acto de esta función, solo hace falta amor, dedicación, protección y el ejercicio de la autoridad, para cuidar a un niño.

Así que yo concluyo que la adopción es un acto de amor, que repara el acto de desamor evidenciado por el abandono del niño. Los lazos de sangre suelen ser débiles entre las parejas heterosexuales, tanto que en el mundo occidental hay millones de niños abandonados, muchos de los cuales no carecen de familia, solo circulan, deambulan por las calles, trabajan o mendigan porque su familia no se ocupa de ellos.

        Ya que no nos sentimos completamente cómodos

con la idea de que los habitantes del pueblo vecino son

tan humanos como nosotros, es extremadamente presuntuoso

suponer que podemos mirar alguna vez a criaturas sociables que

derivan de otras formas de evolución y no verlas como bestias, sino

como hermanos; no rivales, sino compañeros peregrinos viajeros hacia

el altar de la inteligencia.

                                                       Demóstenes. Epístola a los Framlings

El poder de las palabras.

Por Elisa Buendía. miembro del Aula de Psicodrama.

Durante las fiestas navideñas, la familia suele reunirse y lo más común es que sea alrededor de una mesa. Si los miembros de ese conjunto no están mirando el reloj, apresurándose para escapar de tan arduo compromiso, entonces las sobremesas, suelen dar para mucho. Es en una de estas, donde recién desabrochado el botón del pantalón para poder seguir saboreando los deliciosos cordiales y polvorones de la señora Lola, alguien me llena la copa de burbujas que suben chisporroteando, varios teléfonos móviles vibran, tintinean, llamando la atención de sus amos, aunque, realmente parece al revés…se suscita una conversación acerca de si poner o no fotos personales en tu perfil de whatsapp. 
Unos defienden que por qué no, otros dan razones de las fotos que han elegido, otros comentan las de otras personas, están los que dicen que mejor poner algo más impersonal, pues a ese contenido accede todo aquel que tenga tu teléfono…opiniones como colores…hasta que mi cuñado dijo, mientras hablaba otra persona, en voz baja, como un comentario que se hace sin esperar que nadie te escuche... “es peligroso”, con sobriedad…era perceptible como casi todos los que estábamos en esa habitación, al menos al alcance de mi radio de visión, hicimos un movimiento con nuestra cabeza hacia él. Quien hablaba se cayó, y un portavoz espontáneo preguntó lo que pienso que rondaba en muchas cabezas.  ¿Peligroso? ¿por qué?, a lo que con cara de guasón, mi cuñado, que se divertía mirándonos mientras descorchaba otra botella, dijo:
- no, no creo que sea peligroso, pero habéis mirado todos. Es que algunas palabras tienen mucho poder y “peligroso” es una de ellas. Imagínate si digo “sexo”... o “sexo peligroso”. Las sonrisas descubrían algo en lo que se parecía estar de acuerdo. A mí me hacía pensar en ese poder que tienen algunas palabras, que no son solo palabras, pues como significantes nos remiten a otros significantes  que se transforman en imágenes impresas en nuestro interior, en nuestro inconsciente. Me preguntaba a dónde nos llevaría a cada uno de los que estábamos allí el significante “peligroso”, seguramente serían escenas muy diferentes; aunque existe algo común, porque esa palabra evoca un riesgo, una ocasión de que ocurra algún daño o mal. Desentierra un instinto tan antiguo como el ser humano, la supervivencia, el protegerse de lo que entraña peligro, preservar la vida…aunque también hay quién encuentra excitación en el polo opuesto…jugar con los límites. "Peligroso" es una palabra que llama la atención, como si alguien dijera en un tono exaltado "¡fuego!"; la imagen a la que nos podría remitir hace saltar la alarma corporal ante un supuesto peligro. 
Es también interesante observar cómo las palabras van unidas a quien las dice. Pueden provocar imágenes muy diferentes, dependiendo de cómo las dice, en qué tono y vibración. No es lo mismo si mi cuñado, un señor de una cultura ilustrada, dice que algo es peligroso, que si lo dijera mi sobrino de catorce años; aunque pienso que también dirigiría mi atención hacia él, pues un factor que me parece también observable es quien escucha, es decir, la resonancia que esa palabra o significante va a tener en una persona diferente a otra. Es obvio que la imagen que despertará en mí será diferente, si escucho “peligroso” de la boca de un niño pequeño, de un presentador de circo, de un adiestrador de perros, de un locutor de radio, de un médico. Aún manteniendo la palabra el mismo significado en todas las ocasiones, posee una polisemia en cuanto a significados emocionales. ¿Son las palabras, o es el recuerdo emocional incrustado más allá de la carne, lo que me hace despertar ante el sonido de unos fonemas? ¿los significantes adquieren mayor importancia dependiendo de la que le demos a su emisor? Cuántas veces recordamos la sensación corporal, como si de una imagen se tratara ante lo que nos dijo alguien en la infancia, aunque no recordemos con exactitud las palabras. Parece que hubiera significantes que hilvanan el tejido de nuestra historia, y significantes, que podrían entrelazar un tejido global ante los que casi todos, pues siempre habrá sus excepciones, giraríamos la cabeza penetrados por el sonido de unas palabras que aciertan en una diana. Como llevar la atención, girar la cabeza ante el tintineo del móvil, deseosos de encontrar nuevos significantes de algún otro.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Vendidos...

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista. Especialista en conductas adictivas.
¡Cuantas veces escucho a personas que llegan a tratamiento demandando un fármaco que venga a extirpar el mal que uno sufre!.  Si por ellos fuese, tomarían una pastilla para combatir la pastilla, y otra para hacer lo propio con ésta última. Y así un baile sin fin. “Pastillita mágica de todos los días, dánosla hoy. Expira nuestros pecados y líbranos del mal”. Y digo yo: Amén.
Como relojeros de su propia máquina, cada cual se medica y tiende a hacer de experto de sí mismo, buscando la manera de quitarse de encima la conciencia de un malestar que sin embargo insiste implacablemente en ser escuchado. Cada dosis viene a poner parche  a un vacío consecuencia de un exceso de llenado anterior, alejando cada vez más el malestar de su origen, que queda perdido por siempre y deja al sujeto en el estupor. ¿Por qué consume uno al final? “Al principio consumía para pasarlo bien, pero al final necesito hacerlo cada día para no estar mal, para poder funcionar”.
La adicción implica cierta fe en la existencia de algo externo al individuo que venga a calmar o a erradicar el malestar interno. Algo de fuera que venga a calmar lo de dentro... Ya sabemos que la fe es ciega.
Incluso a la hora de ponerse en tratamiento, uno no quiere sufrir, no quiere perder, no quiere pasarlo mal, no hay espacio para ningún tipo de renuncia. Suave, y si puede ser rápido, mejor. Sin embargo, todos sabemos que la vida no funciona así, pues no hay cambio sin renuncia, no hay ganancia sin pérdida.
Desde éste punto de vista no es extraño que tengan tanta demanda los tratamientos consistentes en curas de desintoxicación ultrarrápida en las que mucha gente deposita su esperanza de recuperación. El otro día leía acerca de un “novedoso tratamiento” que erradicaba la adicción del sujeto en 72 horas. Y luego sólo era cosa de ir un par de veces al año a pasar por el escáner y… “nuevo”…  ¡Que me lo cuenten!
Quienes llevamos tanto tiempo trabajando codo con codo, a pico y pala en las zanjas del campo de lo adictivo sabemos que milagros no existen, que sólo un proceso terapéutico de largo recorrido logra remover la estructura sobre la que la adicción se asienta. A poco que uno piense en ello, aparece con claridad que más allá del síndrome de abstinencia asociado al consumo, hay una cuestión de hábito y de función de ese hábito, y eso es una huella difícil de borrar, una marca que requiere un trabajo largo que consiste en instalar la sombra del límite y hacerla operativa; en otras palabras, ayudar al sujeto a vivir con límites allí donde la pulsión insiste con ferocidad. 
Visto así, un tratamiento ultrarrápido no viene más que a generar una ilusión de que “muerto el perro, se acabó la rabia”… y no es así, la rabia continúa. Y lo hace porque es el propio sujeto el que lleva en sí mismo las condiciones predisponentes para la adicción. Condiciones que no pueden cambiar de la noche a la mañana, porque incluye circuitos psíquicos, afectivos y de acción fuertemente arraigados en la estructura. La cosa requiere de su tiempo…
Pero claro… el tiempo es algo que no todo el mundo está dispuesto a darse, y sobre todo si uno está acostumbrado a recompensas rápidas a calmantes repentinos. Uno quiere hacer algo consigo mismo, pero que no cueste mucho, porque si cuesta, ya no interesa. Y de eso se trata… si bien todo el mundo quiere salir del mundo del consumo, muy pocos están dispuestos a realizar el sacrificio que ello supone. Esa sería la pregunta: “¿hasta qué punto está uno dispuesto a perder?”
El otro día, conversando con un compañero que lleva también unos cuantos años tratando personas con problemas adictivos, surgía la pregunta sobre lo que lleva a los individuos a demandar tratamiento; y coincidíamos en una cuestión: “no he encontrado nunca a alguien que quiera dejar realmente las drogas”.  Se trata de una dura afirmación que sin embargo tiene una explicación.
El paciente no quiere dejar de consumir, sino dejar de sufrir las consecuencias negativas del consumo. Si fuese posible, seguiría anestesiándose y beneficiándose de los efectos buscados del consumo sin vivir el infierno que conlleva. Y en ese intento de buscar un equilibrio vive constantemente, empeñado en encontrar el punto de consumo controlado, alimentando el engaño de poder coger las riendas de una cabalgadura desbocada, de un impulso que invade el cuerpo tiranizándolo.
Así que el paciente acude a tratamiento cuando su particular manera de mantener a raya el malestar termina fracasando, cuando su tinglado adictivo ya no se sostiene y no le sirve para controlar a un cuerpo descontrolado o a una familia que se queja. En pocas palabras: acuden porque algo o alguien les corta su particular idilio con el consumo. De lo contrario seguirían gozando. 
¿Goce? ¿Qué goce?.... Glups
No quiere decir esto que no haya personas que deciden salir de las drogas. Pero se trata de eso, de una decisión fruto de un balance donde hay algo que dejó de compensar a pesar de seguir imaginándose gustoso. Mientras tanto… uno queda vendido, a merced de un impulso que se hace amo y gobierna por y sobre el individuo: El empuje de la pulsion.
¿Pulsion? ¿Qué pulsion? Glups, glups...
Tan sólo señalar, con palabras de Korman, que "el sujeto es psicodependiente antes que drogo dependiente", que el impulso que gobierna la trampa adictiva se escapa de la razón e incluso del inconsciente, porque esta por fuera de dichos circuitos y forma parte de una precariedad de manejo que sólo puede ser apostillada a través de todo un trabajo que venga a instalar la sombra del límite allí donde sólo hay una manera rígida de gozar, siempre de lo mismo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Las maestras de la república

Por Enrique Cortes.
Ayer estuve viendo la peli que dirige Pilar Pérez, precisamente en un  año en que andamos realizando el cineforum sobre la educación.
La pelicula narra, a través de testimonios y de imágenes de archivo inéditas así como la creación de una maestra de la época, el legado de las maestras republicanas que hoy cobra una nueva dimensión, o no tan nueva, en la defensa de la educación.
La pelicula nos traslada al momento histórico que vivieron estas docentes permitiéndonos conocer su participación en la transformación social de nuestro país a través de la educación.
Las maestras de la república son las grandes olvidadas, sus nombres, su trabajo e ideales fueron silenciados durante décadas y por eso es necesario recordar a todas aquellas que participaron en la conquista de los derechos de igualdad y en la modenización de la educación, defendiendo los derechos de la escuela pública, laica y democrática.
Una lucha que como podemos ver es de total actualidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Psicodrama y flamenco

Por Enrique Cortes. Psicoanalista. Psicodramatista.

Este fin de semana hemos dado carpetazo al primer año de la formación de psicodrama freudiano de nuestra segunda promoción. Durante dos semanas, en las que los alumnos han ido desnudándose, una vez más, a base de creatividad y no poco trabajo; hemos escuchado su hacer en sus trabajos, como han sido influenciados en algún momento psicodramático y como su inconsciente a ido guiándoles en sus letras e inspiraciones: " el poeta no sabe lo que escribe mientras lo escribe.., será luego y al leerlo cuando touche."
El viernes a la tarde en unas de las exposiciones,Virtu, una alumna, nos hablaba del psicodrama y el flamenco; cuando llegué a casa me encuentro con un articulo de Manuel Rodriguez titulado FLAMENCOS.-
Asegura el fotógrafo (y productor) Jerónimo Navarrete, que lleva treinta años sacando placas de flamencos y flamencas tanto en acción como en reposo, que su “música es aire organizado, cargado de intención en función de qué es lo que se interprete”. Y añade, para explicarlo: “No es lo mismo una seguiriya que un tango, una alegría que un polo. Cada estilo tiene su aire”. De modo que, como la fotografía, que en cierto modo organiza el aire en torno al sujeto, así también funciona el flamenco, ese proteico estilo de música (y, para muchos, de vida) no siempre fácil que ha sido declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El propio Navarrete, que es quien pone la música de las fotos, junto con el periodista José María Goicoechea y el crítico musical José Manuel Gómez, que han puesto la letra de los comentarios, son los autores de Flamencos (Rey Lear), un completo álbum de retratos de miembros de varias generaciones de cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras, guitarristas y percusionistas realizados precisamente en una época en que el flamenco, sus ritmos, sus palos, su imaginería y puesta en escena han experimentado la mayor revolución en su ya larga historia de dos siglos. Con un criterio saludablemente ecuménico y “sin gendarmes del flamenco”, ni guardianes de las esencias, en sus páginas saludamos tanto a los miembros de las grandes dinastías familiares —de los Montoya o los Flores a los Morente o los Farruco— como a esas individualidades que en su momento conmocionaron el duende (el “pellizco”, lo llama Morente) insuflándole aires y ritmos (y letras) lejanos y heterodoxos, como Paco de Lucia, camarón o, más cerca de nosotros, el cantaor Pitingo, la bailaora Sara Baras o el percusionista Cepillo. Porque el flamenco se ha alimentado siempre, en mayor o menor medida, del mestizaje: al fin y al cabo, como nos recuerda Goicoechea, las mismas Fernanda y Bernarda de Utrera, flamencas donde las haya, “metieron a Johnny Guitarpor bulerías”, dando nueva vida y estremecimiento adicional al inolvidable tema compuesto por Victor Young (música) y Peggy 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Psicodrama y psicoanálisis

Por Enrique Cortés

Entre el psicoanálisis y el psicodrama todo es diferente por causa de la mirada.

La mirada del otro precipita mi discurso, el tiempo de comprender se acelera en el psicodrama, ya que la mirada del otro me sirve de referencia. La mirada en psicodrama nos lleva a la identificación; del  “yo soy como él” al “yo soy en tanto diferente a él”. Y esto ocupa el primer plano en psicodrama, es decir, mi diferencia y mi singularidad como sujeto en relación al otro, en definitiva la conciencia de mi deseo. Lo que me hace diferente del otro.
En el psicoanálisis, el silencio sin respuesta del analista remiten al sujeto a un tiempo y un espacio diferentes de los del psicodrama. Se intenta con ello llevar al analizante al lugar vacío de su deseo. En el análisis es por esta razón que no se accede a las demandas.
En el psicodrama lo que interesa es el rol, no es tanto el deseo sino la implicación, el cómo uno se esfuerza por anticipar-se a lo que el otro piensa, aquí, de nuevo,  juega un papel muy importante la mirada.
A) la mirada.- ella va a precipitar el tiempo de comprender y el momento de concluir (instante de ver). Ante la incógnita de cómo soy visto por el otro la salida es anticipándose a lo que el otro piensa. Solo se necesita un instante de mirada y un momento de intuición para comprender. Al igual que en los tres prisioneros, ante la presencia de la mirada del otro no se dispone de todo el tiempo necesario para reflexionar y vencerá el que concluya más rápidamente.
B) el discurso.- esta misma urgencia, hace que el discurso no sea igual que en el individual. Entre los participantes se establece un discurso común, de este modo, a uno que habló, otro participante le responde, bien con un sueño, bien con otras palabras... aquí entra en escena el juego, ya que mediante el mostramos de que se habla en realidad, al mismo tiempo que se relanzan las identificaciones, pero paradójicamente a lo esperado, en ese momento el yo auxiliar no obedece a las consignas y modifica los elementos del problema, encontrando en este cambio la respuesta más correcta.
Después del juego, la identificación de los testigos con los actores viene a suplir la del yo auxiliar. Ahora son ellos los que muestran las múltiples facetas de lo que han visto y sentido, y quienes ponen en circulación los significantes de las identificaciones en cuestión. Siendo estos significantes quienes ocupan el lugar que en el análisis poseen los significantes de la interpretación del analista.
C) la transferencia.- con lo cual no nos puede sorprender que tampoco en el psicodrama la transferencia sea la misma que en el psicoanálisis. En el análisis al que se le supone un saber es al analista, en el psicodrama, si bien es verdad que al animador se le supone un saber, este lo ejerce a nivel de la escucha grupal; pero además ese saber pasará a estar en manos del yo auxiliar, en la representación y finalmente después del juego son los propios participantes quienes señalan el atributo y los significantes que lo sostienen.
 Podemos concluir que el animador está menos catectizado que el analista y que por hallarse expuesto a la mirada, el animador pierde la iniciativa de la palabra y el que lo ve puede anticipar su propia aserción.