Aula de psicodrama

Aula de psicodrama

lunes, 30 de diciembre de 2013

Vendidos...

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista. Especialista en conductas adictivas.
¡Cuantas veces escucho a personas que llegan a tratamiento demandando un fármaco que venga a extirpar el mal que uno sufre!.  Si por ellos fuese, tomarían una pastilla para combatir la pastilla, y otra para hacer lo propio con ésta última. Y así un baile sin fin. “Pastillita mágica de todos los días, dánosla hoy. Expira nuestros pecados y líbranos del mal”. Y digo yo: Amén.
Como relojeros de su propia máquina, cada cual se medica y tiende a hacer de experto de sí mismo, buscando la manera de quitarse de encima la conciencia de un malestar que sin embargo insiste implacablemente en ser escuchado. Cada dosis viene a poner parche  a un vacío consecuencia de un exceso de llenado anterior, alejando cada vez más el malestar de su origen, que queda perdido por siempre y deja al sujeto en el estupor. ¿Por qué consume uno al final? “Al principio consumía para pasarlo bien, pero al final necesito hacerlo cada día para no estar mal, para poder funcionar”.
La adicción implica cierta fe en la existencia de algo externo al individuo que venga a calmar o a erradicar el malestar interno. Algo de fuera que venga a calmar lo de dentro... Ya sabemos que la fe es ciega.
Incluso a la hora de ponerse en tratamiento, uno no quiere sufrir, no quiere perder, no quiere pasarlo mal, no hay espacio para ningún tipo de renuncia. Suave, y si puede ser rápido, mejor. Sin embargo, todos sabemos que la vida no funciona así, pues no hay cambio sin renuncia, no hay ganancia sin pérdida.
Desde éste punto de vista no es extraño que tengan tanta demanda los tratamientos consistentes en curas de desintoxicación ultrarrápida en las que mucha gente deposita su esperanza de recuperación. El otro día leía acerca de un “novedoso tratamiento” que erradicaba la adicción del sujeto en 72 horas. Y luego sólo era cosa de ir un par de veces al año a pasar por el escáner y… “nuevo”…  ¡Que me lo cuenten!
Quienes llevamos tanto tiempo trabajando codo con codo, a pico y pala en las zanjas del campo de lo adictivo sabemos que milagros no existen, que sólo un proceso terapéutico de largo recorrido logra remover la estructura sobre la que la adicción se asienta. A poco que uno piense en ello, aparece con claridad que más allá del síndrome de abstinencia asociado al consumo, hay una cuestión de hábito y de función de ese hábito, y eso es una huella difícil de borrar, una marca que requiere un trabajo largo que consiste en instalar la sombra del límite y hacerla operativa; en otras palabras, ayudar al sujeto a vivir con límites allí donde la pulsión insiste con ferocidad. 
Visto así, un tratamiento ultrarrápido no viene más que a generar una ilusión de que “muerto el perro, se acabó la rabia”… y no es así, la rabia continúa. Y lo hace porque es el propio sujeto el que lleva en sí mismo las condiciones predisponentes para la adicción. Condiciones que no pueden cambiar de la noche a la mañana, porque incluye circuitos psíquicos, afectivos y de acción fuertemente arraigados en la estructura. La cosa requiere de su tiempo…
Pero claro… el tiempo es algo que no todo el mundo está dispuesto a darse, y sobre todo si uno está acostumbrado a recompensas rápidas a calmantes repentinos. Uno quiere hacer algo consigo mismo, pero que no cueste mucho, porque si cuesta, ya no interesa. Y de eso se trata… si bien todo el mundo quiere salir del mundo del consumo, muy pocos están dispuestos a realizar el sacrificio que ello supone. Esa sería la pregunta: “¿hasta qué punto está uno dispuesto a perder?”
El otro día, conversando con un compañero que lleva también unos cuantos años tratando personas con problemas adictivos, surgía la pregunta sobre lo que lleva a los individuos a demandar tratamiento; y coincidíamos en una cuestión: “no he encontrado nunca a alguien que quiera dejar realmente las drogas”.  Se trata de una dura afirmación que sin embargo tiene una explicación.
El paciente no quiere dejar de consumir, sino dejar de sufrir las consecuencias negativas del consumo. Si fuese posible, seguiría anestesiándose y beneficiándose de los efectos buscados del consumo sin vivir el infierno que conlleva. Y en ese intento de buscar un equilibrio vive constantemente, empeñado en encontrar el punto de consumo controlado, alimentando el engaño de poder coger las riendas de una cabalgadura desbocada, de un impulso que invade el cuerpo tiranizándolo.
Así que el paciente acude a tratamiento cuando su particular manera de mantener a raya el malestar termina fracasando, cuando su tinglado adictivo ya no se sostiene y no le sirve para controlar a un cuerpo descontrolado o a una familia que se queja. En pocas palabras: acuden porque algo o alguien les corta su particular idilio con el consumo. De lo contrario seguirían gozando. 
¿Goce? ¿Qué goce?.... Glups
No quiere decir esto que no haya personas que deciden salir de las drogas. Pero se trata de eso, de una decisión fruto de un balance donde hay algo que dejó de compensar a pesar de seguir imaginándose gustoso. Mientras tanto… uno queda vendido, a merced de un impulso que se hace amo y gobierna por y sobre el individuo: El empuje de la pulsion.
¿Pulsion? ¿Qué pulsion? Glups, glups...
Tan sólo señalar, con palabras de Korman, que "el sujeto es psicodependiente antes que drogo dependiente", que el impulso que gobierna la trampa adictiva se escapa de la razón e incluso del inconsciente, porque esta por fuera de dichos circuitos y forma parte de una precariedad de manejo que sólo puede ser apostillada a través de todo un trabajo que venga a instalar la sombra del límite allí donde sólo hay una manera rígida de gozar, siempre de lo mismo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Las maestras de la república

Por Enrique Cortes.
Ayer estuve viendo la peli que dirige Pilar Pérez, precisamente en un  año en que andamos realizando el cineforum sobre la educación.
La pelicula narra, a través de testimonios y de imágenes de archivo inéditas así como la creación de una maestra de la época, el legado de las maestras republicanas que hoy cobra una nueva dimensión, o no tan nueva, en la defensa de la educación.
La pelicula nos traslada al momento histórico que vivieron estas docentes permitiéndonos conocer su participación en la transformación social de nuestro país a través de la educación.
Las maestras de la república son las grandes olvidadas, sus nombres, su trabajo e ideales fueron silenciados durante décadas y por eso es necesario recordar a todas aquellas que participaron en la conquista de los derechos de igualdad y en la modenización de la educación, defendiendo los derechos de la escuela pública, laica y democrática.
Una lucha que como podemos ver es de total actualidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Psicodrama y flamenco

Por Enrique Cortes. Psicoanalista. Psicodramatista.

Este fin de semana hemos dado carpetazo al primer año de la formación de psicodrama freudiano de nuestra segunda promoción. Durante dos semanas, en las que los alumnos han ido desnudándose, una vez más, a base de creatividad y no poco trabajo; hemos escuchado su hacer en sus trabajos, como han sido influenciados en algún momento psicodramático y como su inconsciente a ido guiándoles en sus letras e inspiraciones: " el poeta no sabe lo que escribe mientras lo escribe.., será luego y al leerlo cuando touche."
El viernes a la tarde en unas de las exposiciones,Virtu, una alumna, nos hablaba del psicodrama y el flamenco; cuando llegué a casa me encuentro con un articulo de Manuel Rodriguez titulado FLAMENCOS.-
Asegura el fotógrafo (y productor) Jerónimo Navarrete, que lleva treinta años sacando placas de flamencos y flamencas tanto en acción como en reposo, que su “música es aire organizado, cargado de intención en función de qué es lo que se interprete”. Y añade, para explicarlo: “No es lo mismo una seguiriya que un tango, una alegría que un polo. Cada estilo tiene su aire”. De modo que, como la fotografía, que en cierto modo organiza el aire en torno al sujeto, así también funciona el flamenco, ese proteico estilo de música (y, para muchos, de vida) no siempre fácil que ha sido declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El propio Navarrete, que es quien pone la música de las fotos, junto con el periodista José María Goicoechea y el crítico musical José Manuel Gómez, que han puesto la letra de los comentarios, son los autores de Flamencos (Rey Lear), un completo álbum de retratos de miembros de varias generaciones de cantaores y cantaoras, bailaores y bailaoras, guitarristas y percusionistas realizados precisamente en una época en que el flamenco, sus ritmos, sus palos, su imaginería y puesta en escena han experimentado la mayor revolución en su ya larga historia de dos siglos. Con un criterio saludablemente ecuménico y “sin gendarmes del flamenco”, ni guardianes de las esencias, en sus páginas saludamos tanto a los miembros de las grandes dinastías familiares —de los Montoya o los Flores a los Morente o los Farruco— como a esas individualidades que en su momento conmocionaron el duende (el “pellizco”, lo llama Morente) insuflándole aires y ritmos (y letras) lejanos y heterodoxos, como Paco de Lucia, camarón o, más cerca de nosotros, el cantaor Pitingo, la bailaora Sara Baras o el percusionista Cepillo. Porque el flamenco se ha alimentado siempre, en mayor o menor medida, del mestizaje: al fin y al cabo, como nos recuerda Goicoechea, las mismas Fernanda y Bernarda de Utrera, flamencas donde las haya, “metieron a Johnny Guitarpor bulerías”, dando nueva vida y estremecimiento adicional al inolvidable tema compuesto por Victor Young (música) y Peggy 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Psicodrama y psicoanálisis

Por Enrique Cortés

Entre el psicoanálisis y el psicodrama todo es diferente por causa de la mirada.

La mirada del otro precipita mi discurso, el tiempo de comprender se acelera en el psicodrama, ya que la mirada del otro me sirve de referencia. La mirada en psicodrama nos lleva a la identificación; del  “yo soy como él” al “yo soy en tanto diferente a él”. Y esto ocupa el primer plano en psicodrama, es decir, mi diferencia y mi singularidad como sujeto en relación al otro, en definitiva la conciencia de mi deseo. Lo que me hace diferente del otro.
En el psicoanálisis, el silencio sin respuesta del analista remiten al sujeto a un tiempo y un espacio diferentes de los del psicodrama. Se intenta con ello llevar al analizante al lugar vacío de su deseo. En el análisis es por esta razón que no se accede a las demandas.
En el psicodrama lo que interesa es el rol, no es tanto el deseo sino la implicación, el cómo uno se esfuerza por anticipar-se a lo que el otro piensa, aquí, de nuevo,  juega un papel muy importante la mirada.
A) la mirada.- ella va a precipitar el tiempo de comprender y el momento de concluir (instante de ver). Ante la incógnita de cómo soy visto por el otro la salida es anticipándose a lo que el otro piensa. Solo se necesita un instante de mirada y un momento de intuición para comprender. Al igual que en los tres prisioneros, ante la presencia de la mirada del otro no se dispone de todo el tiempo necesario para reflexionar y vencerá el que concluya más rápidamente.
B) el discurso.- esta misma urgencia, hace que el discurso no sea igual que en el individual. Entre los participantes se establece un discurso común, de este modo, a uno que habló, otro participante le responde, bien con un sueño, bien con otras palabras... aquí entra en escena el juego, ya que mediante el mostramos de que se habla en realidad, al mismo tiempo que se relanzan las identificaciones, pero paradójicamente a lo esperado, en ese momento el yo auxiliar no obedece a las consignas y modifica los elementos del problema, encontrando en este cambio la respuesta más correcta.
Después del juego, la identificación de los testigos con los actores viene a suplir la del yo auxiliar. Ahora son ellos los que muestran las múltiples facetas de lo que han visto y sentido, y quienes ponen en circulación los significantes de las identificaciones en cuestión. Siendo estos significantes quienes ocupan el lugar que en el análisis poseen los significantes de la interpretación del analista.
C) la transferencia.- con lo cual no nos puede sorprender que tampoco en el psicodrama la transferencia sea la misma que en el psicoanálisis. En el análisis al que se le supone un saber es al analista, en el psicodrama, si bien es verdad que al animador se le supone un saber, este lo ejerce a nivel de la escucha grupal; pero además ese saber pasará a estar en manos del yo auxiliar, en la representación y finalmente después del juego son los propios participantes quienes señalan el atributo y los significantes que lo sostienen.
 Podemos concluir que el animador está menos catectizado que el analista y que por hallarse expuesto a la mirada, el animador pierde la iniciativa de la palabra y el que lo ve puede anticipar su propia aserción.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Demanda y necesidad

Por Carlos García Requena. Psicólogos. Psicodramartista.

A menudo, demanda y necesidad social se usan indistintamente, y de ese uso indiscriminado surge una confusión. En la medida en que podamos diferenciar qué hay de cada cosa en el discurso del paciente/usuario, podremos llevar a cabo una adecuada intervención. 
La necesidad tiene que ver con una carencia del orden de lo fisiológico, de lo vital. Una necesidad puede y debe ser satisfecha porque están en juego órdenes muy básicos donde la supervivencia adquiere primer plano. 
Sin embargo, no todo lo que se pide se necesita. 
La demanda es una expresión verbal que se basa en una creencia, en una hipótesis  sobre lo que cada individuo imagina que mejorará su situación de malestar, y tiene que ver con la huella de las propias experiencias de satisfacción que fueron vividas por el sujeto. Se trata, en todo momento, de “lo que yo creo que necesito”, y en eso, hay una parte de realidad y una parte imaginaria que bebe de la historia del sujeto y tiene que ver con el deseo. 
Un sujeto dependiente cree que la solución a su malestar es recibir una ayuda económica y eso es lo que demanda. ¿Es eso en realidad lo que necesita? No nos engañemos, posiblemente también necesite dinero, pero: ¿es el dinero lo único que puede satisfacer su malestar? ¿Por qué no el hecho de recibir asistencia de alguien que le ayude a realizar ciertas funciones? ¿Por qué no un curso de adiestramiento en la prestación de cuidados para algún familiar?  Son sólo ejemplos… 
Como vemos, separar aquí la necesidad de la demanda marca el camino de la intervención. Darle al individuo lo que cree que necesita no siempre es el camino. 
En un sentido estricto, la demanda nunca es exactamente de lo que se dice porque tiene que ver con el deseo, con lo que uno ha imaginado que necesita. Si la demanda es la vía de expresión del deseo, y ya sabemos que el deseo siempre estará insatisfecho, satisfacer la demanda nos puede llevar a un bucle infinito.
No significa esto que lo que piden los usuarios no lo necesiten, sino que dentro de lo que piden, hay que diferenciar muy bien lo que es necesario satisfacer (o ayudar a satisfacer), de aquello que se queda por fuera de la necesidad y atiende más bien al deseo (pues este es responsabilidad de cada cual). Reconocer esa diferencia es la base de una intervención eficaz.  
Ya tenemos clara una cosa… es preciso ayudar al sujeto a satisfacer su necesidad. 
Pero, ¿qué hacemos con ese resto que queda fuera, con aquello del orden del deseo que es expresado en la demanda?... 
Si le damos al usuario lo que demanda, el circuito se cierra y el individuo ya no se pregunta más. Satisfacer aniquila el deseo, y si el deseo muere, el individuo deja de moverse. ¿Cómo favorecer que el sujeto siga moviéndose en su particular búsqueda, cada vez más autónoma, de bienestar?
Resaltamos la posibilidad de no atender directamente la demanda, o hacerlo sólo parcialmente. Se trata de no cercenar esa energía que se pone en marcha cuando uno necesita (cosa que haría la satisfacción completa de la demanda), sino alentar que siga activa y lleve al sujeto a preguntarse más allá de la posición pasiva del “deme usted lo que yo necesito” (posición que por cierto, siempre es infantil-dependiente). En definitiva, se trata de trabajar con la demanda para darle la vuelta, de transformar una petición al otro en una pregunta que atañe a uno mismo. Se dice que “allí donde la demanda exige una respuesta, hay que instalar una interrogación”. Pero esto, sólo solo es posible en un contexto que permita la elaboración. 
Una de las posibilidades pasa por una propuesta de participación en un grupo como los que planteamos, donde varias personas aquejadas de problemáticas similares o diferentes, comparten lo que les pasa. Como ya vimos anteriormente, el grupo es un lugar privilegiado, pues permite el descentramiento del discurso en el que el sujeto se halla inmerso y facilita una apertura resultado del contacto con otras maneras de pensar, sentir y vivir. 
En esa apertura de la demanda al grupo, ésta ya no se despliega en una sola dirección. Las preguntas lanzadas por unos son respondidas por otros, de manera que el trabajador social puede dejar por un momento de ocupar ese lugar de demandado para acompañar en ese proceso de construcción de lazos que, en muchas ocasiones, permiten crear redes de ayuda. 
En el grupo, se relanza el discurso anclado en una demanda fija, hacia otro lugar. Si al principio, uno viene pidiendo dinero, al final, acaba siempre hablando de otras cosas. Y en ese “hablar de otras cosas”, el sujeto empieza a desplegar su mundo interno en el que nos vamos encontrando con claves que serán indicadores de cómo ha llegado a verse donde está (y por lo tanto, también claves para su salida). 
Una viñeta clínica vendrá a ilustrar algunas de las cosas señaladas hasta ahora en relación a una demanda que, como ya hemos dicho, contiene siempre algo que no corresponde con la actualidad, se trata de una demanda infantil. 
En un grupo de psicoterapia, un paciente con minusvalía física leve se queja porque administrativamente no le conceden cierto grado que implicaría una pensión mayor. Durante varias sesiones, el paciente se instaló en la queja acerca del sistema, en una posición pasiva que demandaba insistentemente la participación de un otro.  En una de las sesiones de psicodrama, ocurre algo que cambia de dirección su discurso. En plena queja sobre una situación vivida en el despacho de un trabajador social con el que ha discutido porque no le daba lo que pedía, aparece el recuerdo de una escena infantil donde siente lo mismo. En esa escena, que recuerda como muy antigua, él se ha caído y se ha hecho una herida. Llora y reclama la atención de la madre que, ocupada en otras cosas, no puede atenderle debidamente. La escena se dramatiza, y en el trascurso de la misma, el protagonista verbaliza: “¡préstame atención!”, “¡mírame, me he hecho daño!”. Al destaparse y jugar ésta escena, el paciente conecta con ese sentimiento de desatención que relaciona con la situación actual. El grupo le señala la exigencia con que lo pide, y esto le permite conectarse con la escena actual, donde exige al técnico satisfacción. Más allá de esto, identifica la ocupación de la madre con la cantidad de casos que el trabajador social tiene que atender, y eso le lleva a tomar conciencia de que por más que insista, hay un límite a su demanda. ¿Qué le queda entonces?... la pregunta que se abre a continuación tiene que ver consigo mismo: ¿qué puedo hacer yo?... esta pregunta cambia la dirección de la mirada y posibilita la apertura del discurso a un campo nuevo donde la responsabilidad de lo propio es la puerta de salida. 
En el pedir, siempre hay un grado de dependencia. Y no olvidemos que si el objetivo de la intervención es ayudar a que los sujetos sean cada vez más autónomos, no solamente se trata de darles, sino de que tomen conciencia de cómo pueden hacer para autosatisfacerse. Eso implica poder tomar conciencia de cómo contribuyen a su estado y elaborar maneras de hacerse cargo de sí mismos (a veces, al precio de ciertas renuncias). 
De esto, fundamentalmente, es de lo que trata el psicodrama freudiano, de la elaboración de un duelo por lo que no puede ser y el relanzamiento hacia lo que sí. 

Psicodrama y verdad... ¿Qué verdad?

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.

El psicodrama y los métodos asociados a él son instrumentos psicosociales de vastas aplicaciones. Como el poderoso instrumento que es, constituye algo más que un tipo de psicoterapia cuyos principios son aplicables a la educación, a la empresa, al desarrollo comunitario y, por supuesto, a la intervención social. 
Se trata de un método que permite explorar los problemas psicológicos y sociales partiendo de la narración y la representación de escenas de la vida de los sujetos donde se condensan los conflictos y las dificultades que vive. Puede verse como un laboratorio dedicado a la exploración de los problemas psicosociales que aquejan a las personas; dicha exploración permite la aparición de nuevas miradas sobre los mismos hechos y por lo tanto, la posibilidad de nuevos posicionamientos en la realidad cotidiana de las personas. 
A través del juego y la representación, el sujeto puede asomarse a los mismos hechos desde otro ángulo que permita ver aspectos antes velados. La dramatización allana el camino, el cuerpo habla y el discurso yerra, señalando en todo momento a aquello que el sujeto no puede o no quiere ver. 
La escena muestra siempre algo novedoso que viene a poner en jaque nuestro posicionamiento en el mundo, dejando al descubierto la rigidez con la que hemos construido nuestra visión de las cosas. En la medida en que uno puede ver de otras maneras, también tiene la posibilidad de posicionarse y actuar desde lo alternativo. A través de la dramatización queda al descubierto que no somos tan víctimas de lo que nos pasa, y que siempre tenemos posibilidades de cambiar, aunque sea sensiblemente cierta parcela de realidad (o en último caso, asumir de manera más digna lo que vivimos).  Supone cierta posibilidad de viraje desde una realidad sufrida, a una realidad construida, previo paso, claro está, de cierto arancel que supone la asunción de una pérdida y la adquisición de una responsabilidad que antes se ajenizaba. 
Ya hemos dicho anteriormente que el psicodrama se basa en la representación como medio para ayudar al sujeto a asomarse a su verdad. 
Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué verdad? ¿acaso no es suficiente la verdad que presenta quien viene a pedir alimentos a un servicio social? Evidentemente no hablamos de ese tipo de verdad, sino de la verdad del inconsciente. De nuevo...¿qué verdad es esa? La que atañe al deseo...¿qué deseo?... Y así nos podríamos pasar la vida...
Los sujetos nos contamos la realidad que vivimos como podemos, en muchos casos tratando de hacer que nuestro cuento sea lo más asequible posible para nuestra economía psíquica. Al construir nuestra propia versión de las cosas, fácilmente nos colocamos como víctimas y no como responsables de aquello que sufrimos. En ese acto de ausentarnos como sujetos quedamos imposibilitados en la posibilidad de buscar salidas, quedamos atrapados. 
Recuperar la posibilidad del sujeto de responsabilizarse de su vida es ayudarle a salir de donde está, pero evidentemente, se trata de un camino más largo que el que él nos propone. Para él, es suficiente con que le demos lo que pide, pero aquellos que trabajamos en la línea de lo social (y Freud decía que toda psicología es social), no podemos quedarnos en ese acto de amamantar, sino que debemos buscar la vía que habilita a los sujetos en su propia búsqueda de recursos. 
Existen las injusticias sociales y el hambre, no lo podemos negar. Hay personas fuera del sistema. Pero, ¿cómo es que quedó alguien fuera del sistema?, ¿cómo soporta alguien una injusticia?, ¿Cómo sigue siendo alguien víctima de un maltrato?... Son preguntas a menudo esquivadas que remiten a uno mismo. De esas, a veces, no queremos saber. No olvidemos que uno es el resultado de lo que vivió, de cómo lo vivió y de las decisiones que tomó. En definitiva, de su propio devenir como sujeto. Si no recorremos el camino que nos lleva a la responsabilidad sobre nuestra propia vida, quedamos atrapados para siempre en la cárcel del victimismo. 
No quiere decir esto que no haya personas responsables que viven situaciones de malestar social, pero aún en situaciones muy complejas, siempre hay posibilidad de modificar, aunque sea en un pequeño grado, lo que uno vive. A menudo, pequeños cambios implican una mejor vivencia de las cosas. 
El malestar tiene que ver con lo que no se quiere perder. Muchas personas se mantienen en situaciones incómodas porque no pueden renunciar a los beneficios secundarios que secretamente obtienen. En muchos casos, porque éste beneficio no es consciente y en otros porque hay una dificultad real para entender que perder es ganar. 
Por ejemplo: Un individuo con un grado de minusvalía parcial. El paciente tenía posibilidad de demostrar con el tiempo que su minusvalía había disminuido y con ello, optar a posibilidades de trabajo. Llevaba mucho tiempo parado, pero su empeño en conservar la prestación le dificultaba salir de una situación depresiva fruto del tiempo de inactividad. La renuncia fue el camino para la apertura de nuevas posibilidades
¿Qué queremos decir con todo esto? Que siempre hay una verdad más allá de la que queremos contarnos, y hasta que no somos capaces de asomarnos a ella, permanecemos enquistados en el mismo lugar. 
El encuadre psicodramático ayuda a ir desvelando cómo es el juego en el que cada sujeto queda atrapado. Un juego beneficioso por un lado y nefasto por otro. En la medida en que ese juego queda al descubierto, el sujeto tiene posibilidades de dejar de jugar y ocupar sus energías en construir de otra manera. 

El juego. Espacio de elaboración

Por Carlos García Requena. Psicologo. Psicodramartista.


“El juego, en psicodrama, rompe con las dimensiones corporales y espaciales de la “realidad” grupal. Un juego siempre imaginario, que representa, que revive a los personajes, las escenas y los afectos ausentes.” 

Winnicott, en su concepción del juego, habló sobre esa capacidad de crear un espacio intermedio entre lo que está afuera y lo que está adentro. Ese espacio transicional es uno de los pilares sobre los que se basa el psicodrama al proponer el juego como elemento de exploración, aprendizaje, elaboración de las temáticas conflictivas, etc. Al jugar, el niño crea un espacio intermedio donde puede desplegar su mundo interno e interaccionar con los objetos, lo que le permite elaborar situaciones, aprender, afinar habilidades, etc. 

Freud advirtió también el potencial del juego como medio de elaboración psíquico. En su obra describe cierta observación relacionada con el juego que su nieto hacía con un carretel. A éste juego, Freud le llamo Fort-Da, y está considerado como la matriz del psicodrama. 

El niño tenía 16 meses y prácticamente no hablaba. Cuando su madre se ausentaba, no lloraba. Solía arrojar  lejos de sí todo tipo de objetos emitiendo un sonido prolongado “oooooohhh” al tiempo que sonreía pleno de satisfacción. Un día, Freud descubrió que el niño había construido un juego un poco más elaborado a partir de un carretel que tenía atado un hilo. El juego tenía dos tiempos:

Lo arrojaba desde la cama, gritando ese “ooooohhhhh”, que como afirmaba la familia significaba “fort” (partida-lejos)…

Y luego recogía el hilo y recuperaba el carretel con gran alegría, al tiempo que decía decía “da” (he aquí-acá).  

Este era el juego completo de desaparición y retorno. 

Nosotros consideramos que en el juego del carretel o fort-da descrito por Freud, está condensada la esencia del psicodrama, pues constituye la matriz simbólica sobre la que puede asumirse la pérdida. ¿Qué significa esto? ¿Qué significa el juego del fort-da?

Significa la posibilidad de simbolizar algo. ¿Simbolizar? Sustituir un objeto por otro. El carretel puede ser el equivalente a la madre, pero también de todo aquello que es susceptible de desaparecer, de ser perdido. Freud decía que la vida es un constante duelo y la enfermedad es la forma en que nos defendemos de asumir dichas pérdidas. 

Mediante el juego, el niño puede ir elaborando sus afectos y sus deseos, canalizando una salida a la conflictividad de su mundo interno, una salida simbólica a la realidad que vive. El juego le permite al niño dejar de ser pasivo, le da la oportunidad de tomar parte activa en el proceso de asimilación de los pequeños o grandes traumas que todo desarrollo conlleva. Jugar ofrece la oportunidad de no quedar detenido, de dar salida a lo que no tuvo oportunidad de ser expresado. Es por tanto, un vehículo de expresión. 

Cuando el niño juega a pelear, está simbolizando su impulso agresivo. Cuando juega a cuidar enfermos, desarrolla los afectos compasivos y amorosos con el otro. Todos recordamos esos documentales de la dos a la hora de la siesta donde los cachorros de cualquier especie juegan con sus hermanos a un juego que en realidad es un entrenamiento, un como sí del juego de la vida. El niño juega, y en ese movimiento aprende a vivir. 

En psicodrama elegimos el juego, la dramatización como elemento de cambio, porque da la posibilidad de simbolizar, de poner en palabras y en acción aquello que permanece encerrado, creando conflicto, malestar y síntoma. 

“En el psicodrama hablamos de una verdad trascendente que se halla más allá de lo que es obvio, ya que se trata de la puesta en escena, de manera no solo rememorada, sino también representada, de lo vivido”. 

Hablamos de juego dramático cuando utilizamos la puesta en escena o la dramatización como vía de realización y de re-creación de la propia vida. Se trata de una puesta en acción de lo que se haya detenido, un jugar activo y voluntario con la finalidad de aprender, de crecer. Al movilizar lo que quedó estancado, se da la posibilidad de un movimiento de resolución. 

El psicodrama es una invitación al juego. Un revivir, a través de la escena, algo que sucedió. Y al re-vivirlo, crear una nueva oportunidad de contemplar, ahora desde cierta distancia para poder comprender mejor. Esa distancia es lo necesario, alejarme, para poder acercarme de otra manera. 

Se trata por tanto de dramatizar, para desdramatizar. De poner en escena lo que de otro modo quedaría en el imaginario, y ya sabemos, que es precisamente que es aquello que se imagina lo que nos aterra. En la medida en que podemos acercarnos a aquello que tanto miedo nos daba, que nos atrevemos a quitar la sábana al fantasma, nos damos cuenta de que debajo no hay nada. El psicodrama permite ese acercamiento y esa posibilidad. 

Sin embargo, no todo juego vale. Moreno tuvo la intuición acertada de comprender el potencial del juego, pero su propuesta llevaba a los sujetos a una cierta realidad paralela de la que el psicodrama freudiano se desmarca. Podríamos pensar que podemos jugar a ser dichosos cuando no lo somos, o fantasear con que dijimos lo que en realidad no pudimos decir. Esto estaría bien desde el punto de vista de obtener cierta satisfacción catártica, pero sería crear una realidad que no existió. Es por eso, que en psicodrama freudiano se trabaja con la pérdida, con la falta. No se crean escenas restitutorias donde se transforma el final ni se busca el happy end. No se incita al sujeto a que haga lo que no hizo, sino que se le pregunta acerca de cómo es que no lo pudo hacer. Se trata de poder poner en palabras la dificultad, para ayudar al sujeto a ver qué le limita, y desde ahí, aceptando ciertos límites, poder ir más allá. En definitiva, se trata de simbolizar la pérdida para poderla asumir. 

Asumir lo que no puede ser, para poder abrirse a lo que sí. Como veremos más adelante cuando hablemos de las identificaciones, el psicodrama tratará de romper con las identificaciones alienantes y permitir al sujeto más grados de libertad. Sin embargo, esto solo ocurre al precio de una renuncia, la renuncia que supone dejar de aspirar a ciertas cosas. 

En un grupo con personas que llevan largo tiempo paradas, uno de los participantes cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas y no recibir nunca trabajo. Al desplegar su discurso, recuerda cómo su madre se quejaba constantemente de cómo le iba con su padre. La queja une las dos escenas. Al representar una escena donde él escucha la queja de su madre en relación a su padre ausente, el protagonista toma conciencia de: “Tanto quejarse… ¿por qué no hace nada”… El animador le señala el lapsus… “por qué no hace nada”… en todo caso sería… “¿Por qué no hace algo?”. Esa puntuación le lleva a darse cuenta de cómo él tampoco hace nada… En realidad, se pasa el día en casa, buscando por internet ofertas de trabajo… Termina dándose cuenta de cómo a renuncia  a la comodidad es una de las maneras de salir del atolladero en el que se encuentra (lo mismo que tenía atrapada a su madre). 

En ésta viñeta observamos, varios aspectos importantes de la forma en que procede el psicodrama freudiano. Por un lado, cómo una escena (la actual, donde el protagonista cuenta cómo está cansado de llamar a tantas puertas) da lugar a otra escena (la familiar); el trabajo con la escena familiar permite tomar conciencia de una repetición y abre la posibilidad a una opción nueva, pero al precio de una renuncia. Por otro lado, observamos cómo el lapsus que comete el paciente sirve para acceder a otra realidad diferente que hace virar el discurso del paciente. En ese descarrilamiento, se despliega otra realidad donde el sujeto ya no es víctima, sino responsable de lo que le sucede. Del lapsus y otras manifestaciones del inconsciente, y debido a que son elementos esenciales en el psicodrama freudiano, hablaremos cuando pongamos atención en el discurso.

Como en el carretel de Freud, el juego permite un retorno, una escena pasada, un revivir lo que allí ocurrió y poner en el presente lo olvidado. Pero ese retorno nunca es el esperado. La escena trae consigo novedades, porque el recuerdo siempre es diferente, porque al contarlo, el animador cuestiona el discurso y lo abre a otros lugares, porque los protagonistas nunca se comportan tal cual sucedió en ese otro momento en el que el recuerdo quedó congelado, porque lo que se dice mueve siempre el punto de vista, etc. La escena se guardó de forma subjetiva, de manera que al contarse y vivirse otra vez, algo novedoso vendrá a un primer plano. Algo que sin duda aportará información importante. 

En el proceso de dramatización que promueve el juego, algo deja de ser interno, para ser externo y observable, deja de ser imagen mental para ser palabra o acción. O mejor dicho, pasa de lo interno, a ese lugar que tampoco externo, que tampoco es la realidad, sino un intermedio que se despliega en el acto de jugar. Ese proceso de exteriorización es lo que conocemos como el paso desde lo imaginario a lo simbólico. Un ejemplo claro de esto lo vivimos constantemente: Todos hemos vivido cómo da vueltas un pensamiento sobre algo que nos ocurrió con otra persona, cómo quedamos martirizados por ese ruido mental por no asumir la responsabilidad de reconocer ante ese otro el punto en el que nos quedamos parados (por vergüenza, por miedo a escuchar lo que tememos, etc.). Ese dar vueltas imaginario lleva a crear teorías, a desplegar temores y fantasmas, etc. Si tenemos la oportunidad de hablar lo que sucedió con esa otra persona, aquello que imaginamos queda confrontado y todo el humo mental creado en torno al suceso queda despejado por una nueva realidad, por mala que sea. Hablar las cosas, ponerlas en palabras, y en definitiva, simbolizarlas, es la puerta de salida para el atrapamiento imaginario. 

Vemos de nuevo cómo el cambio se produce por efecto del duelo, pues atreverse a perder aquello que se protegía a través del a vergüenza o el miedo es la puerta para cierta liberación del encadenamiento imaginario. El atrevimiento a plantear lo sucedido tiene que ver con la capacidad de pérdida. 

Sin ir más lejos… ustedes tendrán preguntas… ¿por qué no las formulan? Unos no lo harán porque piensan que sus preguntas son absurdas. Otros creen que molestarán al plantear lo que creen que los demás saben. La pregunta queda en el imaginario, sin responder. Pero alguien corre el riesgo y plantea la cuestión. En ese momento, lo imaginario se rompe y las palabras abren la posibilidad de conocer algo nuevo, algo que hubiera quedado velado de no ser por el atrevimiento. El riesgo, la capacidad para asimilar la falta y asumir que hay algo que no se entiende, es lo que abre la posibilidad de entenderlo. Aquí vemos de nuevo un ejemplo de cómo es sobre duelo sobre lo que siempre se está trabajando. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Grupos y humanos

Por Enrique Cortés

Con este título Mario Polanuer, intentaba dar cuenta de las características que envuelven a los grupos; allí se partía, por lo menos así lo descifré yo, de la siguiente hipótesis: La subjetividad humana se construye a partir de la relación con el otro. De ahí que percibir que el otro es otro sujeto, tanto como uno mismo, y a la vez tan diferente es tan complicado, e insoportable, como ver lo que en él hay de igual en uno. Me atrevería, incluso, a decir que la relación que cada uno de nosotros tiene con el grupo parte de alguna manera con esta vivencia.
Por un lado tendemos a buscar el ideal que nos aúna con el otro, esa imagen que nos funda; por el otro están las palabras, palabras necesarias para que el pacto se instaure, un pacto que requiere que cada uno de los que lo suscriben reconozca de la existencia del otro.
Encontramos grupos donde la exaltación a la imagen de sí llevan a sus componentes a confundirla con el ideal, son grupos donde todos los integrantes han identificado la figura del líder con la de su propio ideal, y lo seguirán hasta la muerte. Se trata del impulso a la masa. Freud en su Psicología de las masas y análisis del Yo y Elías Canetti en Masa y Poder, dan cuenta de ello.
Esto se entiende porque en la reunión de los miembros de una masa alrededor de su líder se produce un goce, un sentimiento de completud; y es más en estos grupos el diferente es un traidor, un enemigo que debe ser aniquilado. A esto hay que añadirle que el mismo dirigente, maestro o gobernante, el poder  propio del cargo, le ofrece un señuelo, una tentación  de índole narcisística.
Ahora bien, si la consistencia que lo anterior da al grupo es más bien necesaria, su exceso termina haciendo la vida imposible a sus integrantes, ya que lo que construye o subjetiviza es el riesgo de no sentirse unificado.
La característica fundamental de un grupo que resiste al impulso a la masa reside en la función que se le reserva a la palabra. Pero las palabras promueven más preguntas que aseveraciones, más cuestionamientos que certezas y se tiene la sensación de que las cosas se escapan.
Estando así las cosas, se pone en primer plano una cuestión ética, donde para cada sujeto se presenta una alternativa: sustraerse o entregarse a la expectativa de goce que genera el grupo. Cuando puede darse cuenta, se ve obligado a elegir. Si no se da cuenta, elige sin saberlo.